lo que indica mi caracterización de él, seguramente exigirá una terrible represalia por lo que he escrito aquí. Al describir al hombre me ciño a los hechos, y antes de comenzar esta cruzada sopesé bien las consecuencias. De la ira implacable de Henry H. Rogers y sus socios, de una sed de venganza que se vuelve más amarga cuanto más se posterga, nada puede salvarme, nada excepto... yo mismo.
Y ahora los acontecimientos volaron. El señor Rogers aprovechó la mañana para notificar al gobernador Flower, al presidente Frederic P. Olcott, de la Central Trust Company; a Marcus Daly y a J. P. Morgan, que ellos, junto con William Rockefeller, él mismo, su abogado y James Stillman, iban a constituir los directores de la nueva empresa.
—Ahí tiene, Lawson —dijo, al regresar al 26 de Broadway—, ese asunto está terminado, y me alegro de habérmelo quitado de encima. Todo fue bastante agradable, salvo la parte de Morgan. Ojalá nos fuera posible arreglárnoslas sin su ayuda, pero no lo es. Dejarlo fuera daría que hablar, y de ahí hay un paso muy corto a que Wall Street meta las narices e invente algo incómodo, aun si no llegan a descubrirlo. Morgan no me cae nada bien, y nosotros le caemos aún menos. No pasará mucho tiempo antes de que uno u otro de nosotros pueda hacer negocios sin saber qué anda tramando el otro, y mucho menos consultarle; muy poco tiempo.
Mientras el «no muy largo» se escabullía de entre sus labios muy a la manera en que el remolino de una chimenea dobla su rabo alrededor del rincón del hogar, sentí que a él le cabían pocas dudas acerca de quién se quedaría haciendo negocios después del forcejeo final y la limpia. Al mismo tiempo, aquello no disipó una especie de confianza intermitente que yo abrigaba de que la vieja tortuga en torno a la cual habían girado tantos remolinos de Wall Street le causaría a la gente del 26 de Broadway más de una hoja de navaja rota antes de meterse a rastras o a empujones en su caparazón.