—Ya ven lo que dicen los periódicos —dije—. Eso les da toda la información que tengo, pues aunque ustedes no lo crean, he estado pasando la noche igual que el resto de ustedes: en tierras donde todas las acciones se cotizan por encima de la par. Voy hacia Wall Street ahora mismo. Al cabo de un rato tendré más que contarles.
El parpadeo de una pestaña, un pelo de vacilación, una palabra mascullada y puede nacer en la mente del inversor esa desconfianza instintiva que es el principio del pánico.
En el mercado de valores, como en un polvorín, siempre existen temibles posibilidades de explosión, y quien aspire a sobrevivir debe tener nervios incombustibles y un cerebro envuelto en hielo; las garantías de asbesto y una fanfarronería descarada han evitado muchas conflagraciones de dinero y han hecho que los precios escalen colinas.
Mi pequeña congregación tenía toda la aleteante fugacidad del inversor en busca de beneficios rápidos y, tras unas cuantas generalidades, fui directo a la única pregunta que todos deseaban formular pero ninguno se atrevía a expresar: «¿Por qué precio puedo vender mi suscripción si quiero deshacerme de ella?».
Elevando ligeramente la voz y mirándolos fijamente:
—No se emocionen con lo que lean impreso en estos próximos días —dije, como si alguien me hubiera hecho la pregunta—, pues habrá barricas de rumores sin aros, y recuerden que los precios de los rumores nunca son dinero real. Los periódicos de esta mañana dicen que cualquiera puede vender con un 40 a 60 por ciento de ganancia, pero eso difícilmente me parece razonable; de hecho, si alguno de ustedes a quienes se les han asignado acciones pudiera obtener una ganancia así de la noche a la mañana, yo la tomaría.