—Sencillo, sencillo —respondió—; duplique el tiempo de contrato y el salario; ningún favor para ellos ni para usted; los buenos hombres son muy difíciles de conseguir, ya sabe.
Un episodio ocurrido por entonces se permitió que saliera impreso cuando se estaban lanzando al mercado las acciones y los bonos, con el fin de mostrar qué clase de tipo formidable era Addicks.
En un coche de alquiler había llegado al club procedente de State Street. Una tormenta de nieve hacía estragos. Después de que Addicks hubiera estado en el club unos instantes, le llevaron el recado de que el cochero se había encontrado su abrigo de marta dentro del carruaje.
Addicks salió al vestíbulo para hablar con el cochero, y al día siguiente se supo en todo el club y en la "Calle" que el pródigo filadelfiano, abrumado al pensar en el desdichado cochero con su escasa ropa expuesto a la cruel tormenta, había dicho:
"Buen hombre, quédese ese abrigo como regalo mío."
Por la veracidad de la historia no respondo, ni tampoco por aquella otra que explica que el pinche que difundió este cuento de generosidad dijo después, al ser despedidó, que el propio Addicks le había contado lo que había hecho y que al mismo tiempo le había dado un billete de cinco dólares. Habría jurado el momento antes que había oído a Addicks decirle al cochero que llevara el abrigo a sus aposentos.
Addicks obtuvo aquello a lo que había venido a Boston: las compañías de gas de Boston, Roxbury y South Boston. Hizo lo que había prometido, construyó una nueva, la Bay State de Massachusetts, y las convirtió a todas en la Bay State de Delaware, y la Bay State de Delaware las arrojó sobre el público a cambio de los ahorros de este por un valor de 19.000.000 de dólares en forma de bonos y acciones. Addicks, para usar sus propias palabras, «se embolsó unos 7.000.000 de dólares» y pasó a nuevos campos, campos adecuados a su peculiar genio.