# DIABLURA EN MARCHA
El jueves 4 de mayo de 1899 amaneció tan hermosa mañana primaveral como la que jamás dio inicio a un rito sacrificial o a un jubileo triunfal; un día de aires boyantes y deliciosos que hacía latir la sangre en las venas y vibrar la ambición en el corazón: un día para la acción, para la realización, para galopes frenéticos por caminos rurales, para un movimiento veloz por tierra o agua.
Asomado a la ventana de mi elevado salón, contemplé la larga perspectiva de mansiones y palacios de la Quinta Avenida hasta donde la luz del sol brillaba sobre el tierno verdor de Central Park. Un goteo de taxis y carruajes con rumbo sur ya había comenzado el descenso hacia Wall Street.
Casi la primera llamada por teléfono provino del señor Rogers, para preguntar por las noticias de la mañana. Le dije que no había ni una sola nube en nuestro cielo, ni una brisa que no soplara en la dirección correcta para inflar nuestras velas.
—¿Y cuáles serían mis movimientos?
Permanecer en mis habitaciones, bien a mano para cualquier cosa. Me pregunto si habría un pensamiento siniestro detrás del «Bien, estoy de acuerdo con usted», que me respondió con sus tonos más cordiales. «Yo me encargaré de los asuntos en el centro y podremos mantenernos informados a intervalos breves».