sensatez estaba del lado de permanecer en el barco. A bordo estaba en mejores condiciones para proteger a mis amigos y seguidores que si me hubiera lanzado al océano. El tiempo ha demostrado desde entonces que para todos los implicados habría sido mucho mejor haber hecho detonar el pañol de pólvora aquella noche, haber provocado una gran y gloriosa explosión y haberme hundido con los restos, en lugar de navegar a través del infierno de los años posteriores. No soy el primer hombre que se ha negado a una amputación y ha contraído una septicemia.
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CAPÍTULO XXVII. IZADA LA BANDERA NEGRA
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