Cuando el Now-Then tocó su muelle y salté a tierra, lo hice como capitán de las fuerzas bursátiles y corporativas de Addicks, con poder absoluto para declarar la guerra, firmar la paz y utilizar del modo que mejor me pareciera aquellos recursos suyos sobre los que pudiera echar mano.
No perdí el tiempo. En menos de cuarenta y arreglas horas de mi regreso a Boston ya había trazado mi campaña, reconstruido las líneas rotas de Addicks y emprendido alegremente una empresa tan desesperada como jamás la haya acometido operador o luchador alguno.
Nada más desesperado podía imaginarse que la condición de los asuntos del financiero de Delaware cuando asumí el control.
Todos los recursos de sus empresas estaban empeñados por préstamos, y la constante caída de los precios de sus valores, unida a las historias descalificadoras que los agentes de Rogers mantenían en circulación, hacía difícil mantenerlos a flote.
Pagar significaría la ruina, pues Addicks no tenía nada más de valor que empeñar.
Al mismo tiempo, la compañía de Rogers, que ahora había instalado tuberías paralelas a muchas de las de la Bay State Company, se había hecho con una gran parte del negocio de dicha corporación, y contaba con un equipo de agentes actualizados que trabajaban horas extra para conseguir el resto. Boston, entretanto, tras haber decidido que la estrella de Addicks era de las fugaces y que iba de regreso, arrojaba su sombrero al aire tras el carro del éxito de la «Standard Oil».
El gobierno de la ciudad y la legislatura de Massachusetts habían tomado conciencia de la enormidad del adicksismo y ardían en cólera con esa clase de virtud que el «Sistema» y la «Standard Oil» saben despertar tan bien en los pechos estadounidenses a través de los bolsillos estadounidenses.