"Este es el alcalde de Boston, el honorable Nathan Matthews."
"Este es J. Edward O'Sullivan Addicks, rey del gas y futuro senador de los Estados Unidos. ¿Qué queréis de mí?"
"Deseo conversar con usted acerca de un contrato de gran importancia que expirará en pocos días."
"Está bien. Mi despacho está en West Street. Dele su tarjeta a mi primer, segundo o tercer secretario y no le haré esperar mucho."
"El despacho del alcalde de Boston está en el Ayuntamiento y mi primer subsecretario se encargará de que su espera sea agradable. ¿Cuándo piensa venir?"
"Quiero que entienda, señor alcalde, que cualquiera que venga a hablar de gas con J. Edward O'Sullivan Addicks, el Rey del Gas y futuro senador de los Estados Unidos, acude a su oficina".
—Muy buenos días, señor Rey del Gas y futuro senador de los Estados Unidos.
—Muy buenos días, señor alcalde.
No garantizo, por supuesto, que la conversación adoptara exactamente la forma que aquí se le atribuye, pero no se ha cometido ninguna injusticia con su contenido, ni tampoco sería posible calcular en millas la brecha que abrió. De aquel encuentro telefónico datan los denodados esfuerzos de Matthews y Addicks por liquidarse mutuamente, en los que ambos tuvieron tanto éxito que sus corazones se llenaron de un júbilo indio.
Pocos días después se anunció públicamente que a la Brookline Gas Company, la corporación de Rogers, se le había adjudicado el contrato para el alumbrado de Boston, y que en adelante el precio legal del gas para el consumidor sería de 1 dólar por cada mil pies. Este fue un aviso