Es verdad que había tomado todas las precauciones posibles para salvaguardar mis intereses y los de mis amigos contra su astucia, obteniendo de él y de las compañías subsidiarias un poder absoluto para actuar en su nombre sin consultarlos. Para conseguirlo tuve que ejercer una gran presión, pues se había resistido mucho y con dureza a concederlo. Tal era el estado de cosas cuando decidí jugármela el todo por el todo a una sola jugada.
- Ciertos de mis críticos se han aferrado a la transacción con el alcalde Matthews, narrada en este capítulo, para decir: «Sobornó al alcalde y no es mejor que los demás sobornadores».
El caso es que lo único que el alcalde de Boston podía hacer en la guerra del gas —ponerse de parte de Rogers, conceder un permiso a la compañía de Brookline para abrir las calles y entrar en competencia con nuestras compañías, obligando así, en interés del pueblo, a una reducción en el precio de venta del gas de $1.25 a $1.00—, el alcalde ya lo había hecho.
No había nada más en su poder, y el único objetivo que teníamos al asegurar sus servicios era colocarlo entre nuestras compañías y Rogers, bajo la creencia de que Rogers, debido a sus relaciones anteriores, no se atrevería a disparar a través de él.
Jamás, ni directa ni indirectamente, soborné al alcalde Matthews; sino que, por el contrario, me limité a inducirlo a hacer lo que tenía el derecho moral de hacer y yo el derecho moral de pedirle que hiciera.