el muro de piedra, uno mismo tiene la culpa de algún modo, aunque de nuevo esté más claro que el día que uno no tiene la culpa en lo más mínimo, y por consiguiente, rechinando los dientes en silenciosa impotencia, hundirse en la inercia voluptuosa, cavilando sobre el hecho de que ni siquiera hay contra quién albergar resentimiento, de que uno no tiene, y tal vez nunca tenga, un blanco para su inquina, de que es un juego de manos, un número de prestidigitación, un truco de tahúr, de que es simplemente un revoltijo, vete a saber qué y vete a saber quién, y que, a pesar de todas estas incertidumbres y juegos de manos, a uno aún le duele el alma, y cuanto menos sabe, peor es el dolor.
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III
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