—¡Ja, ja, ja! Ya solo falta que encuentres placer en el dolor de muelas —exclamas con una risa.
—Bueno, incluso en el dolor de muelas hay disfrute —contesto—. Yo tuve dolor de muelas durante un mes entero y sé que lo hay.
En ese caso, por supuesto, la gente no es rencorosa en silencio, sino que gime; pero no son gemidos sinceros, son gemidos malignos, y la malignidad es el quid de la cuestión. El disfrute del que sufre halla expresión en esos gemidos; si no sintiera disfrute en ellos, no gemiría.
Es un buen ejemplo, caballeros, y voy a desarrollarlo.
Esos gemidos expresan en primer lugar toda la futilidad de vuestro dolor, tan humillante para vuestra conciencia; todo el sistema legal de la naturaleza al que escupís con desdén, por supuesto, pero del cual sufrís a pesar de todo, mientras ella no sufre.
Expresan la conciencia de que no tenéis ningún enemigo a quien castigar, sino que tenéis dolor; la conciencia de que, a pesar de todos los Wagenheim posibles, sois esclavos absolutos de vuestros dientes; de que, si alguien lo quiere, vuestros dientes dejarán de doler, y si no lo quiere, os seguirán doliendo otros tres meses; y de que, por último, si seguís mostrándoos contumaces y seguís protestando, todo lo que os queda para vuestra propia satisfacción es flagelaros o golpear la pared con el puño tan fuerte como podáis, y absolutamente nada más.
Pues bien, estos insultos mortales, estas burlas por parte de alguien desconocido, terminan por fin en un deleite que a veces alcanza el grado supremo de la voluptuosidad.