deseo entrara en conflicto con la razón, entonces razonaríamos y no desearíamos, porque será imposible conservar la razón y ser insensatos en nuestros deseos, y de ese modo actuar a sabiendas contra la razón y desear hacernos daño.
Y así como toda elección y razonamiento pueden ser realmente calculados —porque algún día se descubrirán las leyes de nuestra autodenominada libre voluntad—, así, hablando sin bromas, podrá algún día construirse algo así como una tabla con ellos, de modo que real y verdaderamente elegiremos de acuerdo con ella. Si, por ejemplo, algún día calculan y me demuestran que le hice una peineta a alguien porque no podía por menos que hacérsela y que tenía que hacerlo precisamente de esa manera, ¿qué libertad me queda, sobre todo si soy un hombre culto y me he doctorado en alguna parte? ¡Entonces podría calcular toda mi vida con treinta años de anticipación!
En resumen, si esto pudiera arreglarse no nos quedaría nada por hacer; en cualquier caso, tendríamos que comprender eso. Y, de hecho, deberíamos repetirnos sin descanso que en tal o cual momento y en tales o tales circunstancias la naturaleza no nos pide permiso; que tenemos que aceptarla tal como es y no moldearla para adaptarla a nuestro capricho, y si de verdad aspiramos a fórmulas y tablas de reglas, y bueno, incluso… al crisol químico, no hay más remedio, tenemos que aceptar también el crisol, o de lo contrario será aceptado sin nuestro consentimiento…
Sí, ¡pero aquí es donde me detengo! Caballeros, deben disculparme por ponerme tan filosófico; ¡es el resultado de cuarenta años bajo tierra! Permítanme dar rienda suelta a mi fantasía. Verán, caballeros, la razón es una cosa excelente, no hay discusión al respecto, pero la razón no es más que la razón y solo satisface el lado racional de la naturaleza del hombre, mientras que la voluntad es una manifestación de toda la vida, es decir, de toda la vida humana, incluida