Dije que el hombre se venga porque ve justicia en ello. Por consiguiente, ha hallado una causa primordial, es decir, la justicia. Y así se queda muy tranquilo por todos lados y, en consecuencia, lleva a cabo su venganza con calma y éxito, convencido de que está haciendo algo justo y honesto. Pero yo no veo justicia en ello, no hallo ninguna clase de virtud tampoco y, por lo tanto, si intento vengarme, es únicamente por despecho. El despecho, por supuesto, podría vencerlo todo, todas mis dudas, y así podría servir con pleno éxito en lugar de una causa primordial, precisamente porque no es una causa. Pero ¿qué se puede hacer si ni siquiera tengo despecho (como ya anuncié al principio)? Como consecuencia, una vez más, de esas malditas leyes de la conciencia, la ira en mí se somete a una desintegración química. Uno la examina, el objeto se desvanece en el aire, los motivos se evaporan, no se halla al culpable, la ofensa deja de ser ofensa y se convierte en un fantasma, en algo parecido al dolor de muelas, del que nadie tiene la culpa, y por consiguiente solo queda otra vez la misma salida: a saber, golpear la pared con la mayor fuerza posible. Así que uno lo deja por imposible con un gesto de la mano por no haber encontrado una causa fundamental.
Y prueba a dejarte llevar por tus sentimientos, ciegamente, sin reflexión, sin una causa primaria, rechazando la conciencia al menos por un tiempo; odia o ama, con tal de no quedarte de brazos cruzados. Pasado mañana, a más tardar, comenzarás a despreciarte por haberte engañado a sabiendas. Resultado: una pompa de jabón y la inercia. Oh, señores, ¿saben?, quizás me considero un hombre inteligente solo porque durante toda mi vida no he sido capaz ni de empezar ni de terminar nada. Concedido que soy un charlatán, un charlatán inofensivo