El Sermón del Monte
Un día de cosecha, Jesús nos llamó a los montes a mí y a sus demás amigos.
La tierra era fragante y, como la hija de un rey en su banquete de bodas, llevaba todas sus joyas puestas. Y el cielo era su novio.
Cuando llegamos a las alturas, Jesús se detuvo en el olivar de los laureles, y dijo:
«Descansen aquí, aquieten su mente y sintonicen su corazón, pues tengo mucho que decirles».
Luego nos reclinamos sobre la hierba, y las flores del verano nos rodeaban por todas partes, y Jesús se sentó en medio de nosotros.
Y Jesús dijo:
“Bienaventurados los serenos de espíritu.
«Bienaventurados los que no están atados por las posesiones, porque ellos serán libres.
«Bienaventurados los que recuerdan su dolor, y en su dolor aguardan su alegría».
“Bienaventurados los que tienen hambre de verdad y belleza, porque su hambre les traerá pan, y su sed, agua fresca.
«Bienaventurados los bondadosos, porque serán consolados por su propia bondad».
“Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos serán uno con Dios.
“Bienaventurados los misericordiosos, porque de ellos será la misericordia.
“Bienaventurados los hacedores de paz, porque su espíritu morará por encima de la batalla, y convertirán el campo del alfarero en un jardín.
“Bienaventurados los perseguidos, porque serán ágiles de pies y tendrán alas.
“Regocijaos y alegraos, porque habéis hallado el reino de los cielos dentro de vosotrxs. Los cantores de antaño fueron perseguidos cuando cantaban acerca de ese reino. Vosotrxs también seréis perseguidos, y en ello reside vuestro honor, en ello vuestra recompensa.
“Vosotros sois la sal de la tierra; si la sal pierde su sabor, ¿con qué será salado el alimento del corazón del hombre?
“Vosotros sois la luz del mundo. No pongáis esa luz bajo el celemín. Dejadla brillar más bien desde la cumbre, para aquellos que buscan la Ciudad de Dios.
«No penséis que he venido a destruir las leyes de los escribas y de los fariseos; pues mis días entre vosotros están contados y mis palabras son contadas, y apenas me quedan horas para cumplir otra ley y revelar un nuevo pacto.
“Se os ha dicho que no mataréis, pero yo os digo que no os enojaréis sin motivo.
“Habéis sido encargados por los antiguos de traer vuestro becerro y vuestro cordero y vuestra paloma al templo, y de degollarlos sobre el altar, para que las fosas nasales de Dios se alimenten del olor de su grasa, y para que seáis perdonados en vuestras faltas.
“Mas os digo, ¿daríais a Dios aquello que fue Suyo desde el principio; y aplacaríais a Aquel cuyo trono está sobre el abismo silencioso y cuyos brazos abrazan el espacio?
“Más bien, busca a tu hermano y reconcíliate con él antes de buscar el templo; y sé un dador amoroso con tu prójimo. Pues en el alma de estos Dios ha edificado un templo que no será destruido, y en su corazón ha levantado un altar que jamás perecerá.
“Se os ha dicho: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo: No resistáis al mal, porque la resistencia es alimento para el mal y lo hace fuerte. Y solo los débiles se vengan. Los fuertes de espíritu perdonan, y es honor en el ofendido perdonar.
“Solo el árbol fecundo es sacudido o apedreado por su fruto.
«No te preocupes por el mañana, sino más bien contempla el día de hoy, porque al día de hoy le basta su propio milagro».
“No pienses demasiado en ti mismo cuando des, sino piensa en la necesidad. Porque todo el que da recibe a su vez del Padre, y eso con mucha mayor abundancia.
“Y da a cada uno según su necesidad; porque el Padre no da sal al sediento, ni piedra al hambriento, ni leche al destetado.
“Y no deis lo que es santo a los perros; ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos. Porque con tales dádivas los burláis; y ellos también se burlarán de vuestro presente, y en su odio querrán destruiros.
«No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan; cuya hermosura aumenta cuando muchos ojos la contemplan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón».
Se os ha dicho que el asesino será pasado a espada, que el ladrón será crucificado y que la ramera será apedreada. Pero yo os digo que no estáis libres de la maldad del asesino, del ladrón y de la ramera, y que cuando son castigados en el cuerpo vuestro propio espíritu se oscurece.
“En verdad ningún crimen es cometido por un solo hombre o una sola mujer. Todos los crímenes son cometidos por todos. Y aquel que paga la pena puede estar rompiendo un eslabón de la cadena que pende de vuestros propios tobillos. Tal vez esté pagando con su dolor el precio de vuestra alegría pasajera”.
Así habló Jesús, y tuve el deseo de arrodillarme y adorarle, mas por mi timidez no pude moverme ni pronunciar una sola palabra.
Pero por fin hablé; y dije: «Rogaría en este momento, mas tengo la lengua pesada. Enséñame a rogar».
Y Jesús dijo:
«Cuando queráis orar, dejad que vuestro anhelo pronuncie las palabras. En mi anhelo está ahora orar así:
“Padre nuestro en la tierra y en el cielo, sagrado es Tu nombre. Hágase Tu voluntad en nosotros, así como en el espacio. Danos de Tu pan suficiente para el día. En Tu compasión perdónanos y engrandécenos para perdonarnos los unos a los otros. Guíanos hacia Ti y extiéndenos Tu mano en la oscuridad. Porque Tuyo es el reino, y en Ti está nuestro poder y nuestra plenitud.”
Y ya era de noche, y Jesús bajó de los cerros, y todos nosotros le seguimos. Y mientras le seguía, yo iba repitiendo Su oración, y recordando todo lo que Él había dicho; pues sabía que las palabras que aquel día habían caído como copos debían cuajar y volverse firmes como cristales, y que las alas que habían aleteado sobre nuestras cabezas habrían de golpear la tierra como cascos de hierro.