Este día escuché a Saulo de Tarso predicando el Cristo a los judíos de esta ciudad.
Ahora se hace llamar Pablo, el apóstol de los gentiles.
Lo conocí en mi juventud, y en aquellos días perseguía a los amigos del Nazareno. Bien recuerdo su satisfacción cuando sus compañeros apedrearon al radiante joven llamado Esteban.
Este Pablo es en verdad un hombre extrańo. Su alma no es el alma de un hombre libre.
A veces parece un animal en el bosque, cazado y herido, buscando una cueva en la que ocultar su dolor del mundo.
No habla de Jesús, ni repite Sus palabras. Predice al Mesías que los profetas de antaño habían anunciado.
Y aunque él mismo es un judío culto, se dirige a sus hermanos judíos en griego; y su griego es torpe y elige mal sus palabras.
Pero es un hombre de poderes ocultos y su presencia es afirmada por aquellos que se reúnen a su andadura.
Y a veces les asegura aquello de lo que él mismo no está seguro.
Nosotros, que conocimos a Jesús y escuchamos sus discursos, decimos que Él enseñó al hombre a romper las cadenas de su esclavitud para que pudiera librarse de sus ayer.
Pero Pablo está forjando cadenas para el hombre del mañana. Golpearía con su propio martillo sobre el yunque en nombre de alguien a quien no conoce.
El Nazareno quiere que vivamos la hora con pasión y éxtasis.
El hombre de Tarso querría que tuviéramos presentes las leyes consignadas en los libros antiguos.
Jesús dio Su aliento a los muertos sin aliento. Y en mis noches solitarias creo y comprendo.
Cuando se sentaba a la mesa, contaba historias que daban felicidad a los comensales, y aderezaba con Su alegría la carne y el vino.
Pero Pablo prescribiría nuestro pan y nuestra copa.
No permitas que aparte mis ojos hacia otro lado.