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nydus/Jesus the Son of ManPublic
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Claudio, un centurión romano

Después de que se lo llevaron, me lo confiaron. Y Poncio Pilato me ordenó que lo mantuviera bajo custodia hasta la mañana siguiente.

Mis soldados lo llevaron preso, y Él les fue obediente.

A medianoche dejé a mi mujer y a mis hijos y visité el arsenal. Era mi costumbre rondar y comprobar que todo marchaba bien con mis batallones en Jerusalén; y aquella noche visité el arsenal donde Él estaba detenido.

Mis soldados y algunos de los jóvenes judíos se estaban burlando de Él. Lo habían despojado de su manto y le habían puesto una corona de espinas secas del año pasado sobre la cabeza.

Lo habían sentado contra una columna, y bailaban y gritaban ante Él.

Y le habían dado una caña para que la sostuviera en su mano.

Al entrar, alguien gritó:

«He aquí, oh Capitán, el Rey de los judíos».

Me detuve ante Él y lo miré, y sentí vergüenza. No sabía por qué.

Había luchado en la Galia y en Hispania, y con mis hombres me había enfrentado a la muerte. Sin embargo, jamás había sentido miedo, ni había sido un cobarde. Pero cuando me hallé ante aquel hombre y Él me miró, perdí el ánimo. Me pareció como si mis labios estuvieran sellados, y no pude articular palabra.

Y al instante salí del arsenal.

Esto ocurrió hace treinta años.

Mis hijos, que entonces eran unos bebés, ahora son hombres. Y están sirviendo a César y a Roma.

Pero a menudo al aconsejarlos les he hablado de Él, un hombre que enfrentaba la muerte con la savia de la vida en los labios, y con compasión por sus verdugos en los ojos.

Y ahora soy viejo. He vivido los años plenamente. Y pienso verdaderamente que ni Pompeyo ni César fueron tan grandes comandantes como aquel Hombre de Galilea.

Pues desde su muerte sumisa ha surgido de la tierra un ejército para luchar por Él.⁠ ⁠… Y Él es mejor servido por ellos, aunque muertos, de lo que Pompeyo o César jamás fueron servidos, aunque vivos.

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