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nydus/Jesus the Son of ManPublic
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Rumanos, un poeta griego

Él era un poeta. Veía para nuestros ojos y escuchaba para nuestros oídos, y nuestras palabras silenciosas estaban sobre Sus labios; y Sus dedos tocaban lo que nosotros no podíamos sentir.

De Su corazón volaron innumerables aves cantoras hacia el norte y hacia el sur, y las florecillas de las laderas detuvieron Sus pasos hacia los cielos.

A menudo le he visto inclinarse para tocar las briznas de hierba. Y en mi corazón le he oído decir:

«Pequeñas cosas verdes, estaréis conmigo en mi reino, al igual que las encinas de Basán y los cedros del Líbano».

Él amaba todas las cosas hermosas, los rostros tímidos de los niños y la mirra y el incienso del sur.

Le encantaba una granada o una copa de vino que se le ofreciera con bondad; no importaba si se la ofrecía un extraño en la posada o un rico anfitrión.

Y amaba las flores del almendro. Lo he visto juntándolas en sus manos y cubriéndose el rostro con los pétalos, como si quisiera abrazar con su amor a todos los árboles del mundo.

Él conocía el mar y los cielos; y habló de perlas que tienen una luz que no es de esta luz, y de estrellas que están más allá de nuestra noche.

Conocía las montañas como las conocen las águilas, y los valles tal como los conocen los arroyos y los torrentes. Y había un desierto en Su silencio y un jardín en Su palabra.

Sí, Él era un poeta cuyo corazón moraba en una enramada más allá de las alturas, y Sus canciones, aunque entonadas para nuestros oídos, fueron entonadas también para otros oídos, y para los hombres en otra tierra donde la vida es eternamente joven y el tiempo es siempre el alba.

Una vez yo también me creí poeta, pero cuando estuve ante Él en Betania, supe lo que es sostener un instrumento de una sola cuerda ante aquel que domina todos los instrumentos. Pues en su voz estaba la risa del trueno y las lágrimas de la lluvia, y la alegre danza de los árboles en el viento.

Y desde que he sabido que mi lira tiene una sola cuerda, y que mi voz no teje ni los recuerdos del ayer ni las esperanzas del mañana, he dejado a un lado mi lira y guardaré silencio.

Pero siempre al atardecer aguzaré el oído, y escucharé al Poeta que es el soberano de todos los poetas.

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