Iba camino de los campos cuando Le vi cargando con su cruz; y multitudes Le seguían.
Entonces yo también caminé junto a Él.
Su carga lo detuvo muchas veces, pues su cuerpo estaba exhausto.
Entonces un soldado romano se me acercó y me dijo:
«Ven, tú eres fuerte y de complexión robusta; carga con la cruz de este hombre».
Cuando escuché estas palabras, mi corazón se hinchó dentro de mí y sentí gratitud.
Y llevé Su cruz.
Era pesada, pues estaba hecha de álamo empapado por las lluvias del invierno.
Y Jesús me miró. Y el sudor de su frente le corría por la barba.
De nuevo me miró y me dijo:
«¿Bebes tú también de esta copa? Ciertamente habrás de sorber de su borde conmigo hasta el fin de los tiempos».
Así diciendo, puso su mano sobre mi hombro libre. Y caminamos juntos hacia el Monte de la Calavera.
Pero ahora no sentía el peso de la cruz. Sentía solo Su mano. Y era como el ala de un pájaro sobre mi hombro.
Luego llegamos a la cima de la colina, y allí iban a crucificarle.
Y entonces sentí el peso del árbol.
No pronunció palabra cuando le clavaron los clavos en las manos y en los pies, ni hizo sonido alguno.
Y Sus miembros no temblaron bajo el martillo.
Parecía como si Sus manos y Sus pies hubieran muerto y solo volvieran a la vida al ser bañados en sangre. Y, sin embargo, parecía también como si Él buscara los clavos como el príncipe buscaría el cetro; y como si anhelara ser elevado a las alturas.
Y mi corazón no pensó en compadecerse de Él, pues estaba demasiado lleno para asombrarme.
Ahora, el hombre cuya cruz cargué se ha convertido en mi cruz.
Si me dijeran de nuevo: «Lleva la cruz de este hombre», la llevaría hasta que mi camino terminara en la tumba.
Pero le rogaría que pusiera Su mano sobre mi hombro.
Esto ocurrió hace muchos años; y todavía, siempre que sigo el surco en el campo, y en ese momento de adormecimiento antes de dormir, pienso siempre en aquel Amado Hombre.
Y siento Su mano alada, aquí, en mi hombro izquierdo.