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nydus/Jesus the Son of ManPublic
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Una viuda en Galilea

Mi hijo fue mi primero y mi único primogénito. Él trabajaba en nuestro campo y estaba contento hasta que oyó al hombre llamado Jesús hablar a la multitud.

Entonces mi hijo de pronto se volvió otro, como si un espíritu nuevo, ajeno y malsano, hubiera abrazado su espíritu.

Abandonó el campo y el jardín; y me abandonó a mí también. Se volvió un bueno para nada, una criatura de los caminos.

Ese hombre, Jesús de Nazaret, era malvado, pues ¿qué hombre bueno separaría a un hijo de su madre?

Lo último que mi hijo me dijo fue esto:

«Voy con uno de Sus discípulos al País del Norte. Mi vida está cimentada en el Nazareno. Me has dado la vida, y por ello te estoy agradecido. Pero debo partir. ¿Acaso no te dejo nuestra fértil tierra, y toda nuestra plata y nuestro oro? No llevaré nada más que esta túnica y este cayado».

Así habló mi hijo, y se marchó.

Y ahora los romanos y los sacerdotes han prendido a Jesús y lo han crucificado; y han obrado bien.

Un hombre capaz de separar a una madre de su hijo no puede ser piadoso.

El hombre que envía a nuestros hijos a las ciudades de los gentiles no puede ser nuestro amigo.

Sé que mi hijo no volverá a mí. Lo vi en sus ojos. Y por esto odio a Jesús de Nazaret, que hizo que me quedara sola en este campo sin arar y este jardín marchito.

Y odio a todos los que lo alaban.

No hace muchos días me dijeron que Jesús dijo una vez:

“Mi padre y mi madre y mis hermanos son los que oyen mi palabra y me siguen”.

¿Pero por qué habrían de dejar los hijos a sus madres para seguir Sus pasos?

¿Y por qué habría de olvidarse la leche de mi pecho por una fuente aún no probada? ¿Y el calor de mis brazos de ser abandonado por la Tierra del Norte, fría y hostil?

Ay, odio al Nazareno, y le odiaré hasta el final de mis días, porque me ha robado a mi primogénito, a mi único hijo.

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