A menudo me pregunto si Jesús fue un hombre de carne y hueso como nosotros, o un pensamiento sin cuerpo, en la mente, o una idea que visita la visión del hombre.
A menudo me parece que Él no fue sino un sueño soñado por los incontables hombres y mujeres al mismo tiempo en un sueño más profundo que el sueño y un alba más serena que todas las albas.
Y parece que al relatar el sueño, el uno al otro, empezamos a considerarlo una realidad que en verdad había acontecido; y al darle cuerpo con nuestra fantasía y voz con nuestro anhelo, hicimos de él una sustancia de nuestra propia sustancia.
Pero en verdad Él no era un sueño. Lo conocimos durante tres años y lo contemplamos con nuestros ojos abiertos en la pleamar del mediodía.
Tocamos Sus manos, y Le seguimos de un lugar a otro. Oímos Sus discursos y fuimos testigos de Sus obras.
¿Pensáis que éramos un pensamiento que busca más pensamientos, o un sueño en la región de los sueños?
Los grandes acontecimientos siempre parecen ajenos a nuestra vida cotidiana, aunque su naturaleza hunda sus raíces en la nuestra. Pero, aunque parezca repentina su llegada y repentina su partida, su verdadera duración se extiende por años y por generaciones.
Jesús de Nazaret fue Él mismo el Gran Acontecimiento. Aquel hombre, cuyo padre y madre y hermanos conocemos, fue Él mismo un milagro obrado en Judea. Sí, todos Sus propios milagros, si fueran colocados a Sus pies, no llegarían a la altura de Sus tobillos.
Y todos los ríos de todos los años no se llevarán nuestro recuerdo de Él.
Él era una montaña ardiendo en la noche, sin embargo, era un suave brillo más allá de las colinas. Él era una tempestad en el cielo, sin embargo, era un murmullo en la bruma del amanecer.
Era un torrente que descendía de las alturas a las llanuras para destruir todo a su paso.
Y Él era como la risa de los niños.
Cada año había esperado la primavera para visitar este valle. Había esperado los lirios y los ciclámenes, y entonces cada año mi alma se había entristecido en mi interior; por siempre anhelaba regocijarme con la primavera, mas no podía.
Pero cuando Jesús llegó a mis estaciones, Él fue en verdad una primavera, y en Él estaba la promesa de todos los años por venir. Lenó mi corazón de alegría; y como las violetas crecí, una cosa tímida, a la luz de Su venida.
Y ahora las estaciones cambiantes de mundos aún no nuestros no borrarán Su hermosura de este nuestro mundo.
No, Jesús no era un fantasma, ni una ocurrencia de los poetas. Era hombre como tú y como yo. Pero solo a la vista, al tacto y al oído; en todo lo demás era distinto de nosotros.
Él era un hombre de alegría; y fue en el sendero de la alegría donde salió al encuentro de las dolores de todos los hombres.
Y fue desde los altos techos de Sus dolores desde donde contempló la alegría de todos los hombres.
Él vio visiones que nosotros no vimos, y oyó voces que nosotros no oímos; y habló como si fuera a multitudes invisibles, y muchas veces habló a través de nosotros a razas aún por nacer.
Y Jesús estaba a menudo solo. Estaba entre nosotros pero no era uno de nosotros. Estaba sobre la tierra, pero era del cielo. Y solo en nuestra soledad podemos visitar la tierra de su soledad.
Nos amó con tierno amor.
Su corazón era un lagar.
Tú y yo podíamos acercarnos con una copa y beber de él.
Una cosa que antes no solía entender en Jesús:
- Se regocijaba con sus oyentes;
- Contaba chistes y jugaba con las palabras, y reía con toda la plenitud de su corazón, aun cuando había distancias en sus ojos y tristeza en su voz.
Pero ahora lo entiendo.
A menudo pienso en la tierra como en una mujer encinta de su primer hijo. Cuando nació Jesús, Él fue el primer hijo. Y cuando murió, Él fue el primer hombre en morir.
¿Pues no os pareció que la tierra enmudeció en aquel Viernes oscuro, y que los cielos estaban en guerra con los cielos?
¿Y no sentiste cuando Su rostro desapareció de nuestra vista como si fuéramos nada más que recuerdos en la niebla?