La amargura de la muerte es menos amarga que la vida sin Él.
Los días quedaron callados y en silencio cuando Él fue silenciado. Solo el eco en mi memoria repite Sus palabras. Pero no Su voz.
Una vez le oí decir:
«Id adelante en vuestro anhelo hacia los campos, y sentaos junto a los lirios, y los oiréis tararear bajo el sol. No tejen telas para el vestido, ni levantan madera o piedra para guarecerse; sin embargo, cantan.
“El que trabaja en la noche satisface sus necesidades y el rocío de Su gracia está sobre sus pétalos.
“¿Y no eres tú también cuidado de Aquel que jamás se cansa ni descansa?”
Y una vez le oí decir:
«Las aves del cielo están contadas e inscritas por vuestro Padre, así como los cabellos de vuestra cabeza están enumerados. Ni un ave caerá a los pies del arquero, ni un cabello de vuestra cabeza encanecerá o caerá en la vacuidad de la vejez sin Su voluntad».
Y otra vez dijo: “Os he oído murmurar en vuestros corazones: ‘Nuestro Dios será más misericordioso con nosotros, hijos de Abraham, que con aquellos que no le conocieron desde el principio’.”
«Pero os digo que el dueño de la viña que llama a un jornalero por la mañana para segar, y llama a otro al atardecer, y sin embargo paga al último tanto como al primero, ese hombre está verdaderamente justificado. ¿Acaso no paga de su propio bolsillo y con su propia voluntad?
“Así abrirá mi Padre la puerta de Su mansión al llamado de los gentiles del mismo modo que al llamado vuestro. Pues Su oído atiende la nueva melodía con el mismo amor que siente por la canción tantas veces escuchada. Y con una bienvenida especial por ser la cuerda más joven de Su corazón”.
Y una vez más le oí decir:
«Recuerda esto: un ladrón es un hombre necesitado, un mentiroso es un hombre con miedo; el cazador que es cazado por el vigilante de tu noche es también cazado por el vigilante de su propia oscuridad.
“Quisiera que los compadecieras a todos.
“Si buscasen vuestra casa, procurad abrir vuestra puerta e invitadles a sentaros a vuestra mesa. Si no los aceptáis, no estaréis libres de lo que hayan cometido”.
Y un día le seguí al mercado de Jerusalén como los demás le seguían. Y nos contó la parábola del hijo pródigo y la parábola del mercader que vendió todas sus posesiones para poder comprar una perla.
Pero mientras Él hablaba, los fariseos trajeron al centro de la multitud a una mujer a quien llamaban ramera. Y confrontaron a Jesús y le dijeron:
«Ella profanó su voto matrimonial, y fue sorprendida en el acto».
Y Él la contempló; y puso Su mano sobre su frente y miró profundamente en sus ojos.
Luego Se volvió hacia los hombres que la habían traído ante Él, y los miró fijamente; y Se inclinó y con Su dedo comenzó a escribir en la tierra.
Escribió el nombre de cada hombre, y junto al nombre escribió el pecado que cada hombre había cometido.
Y mientras Él escribía, huyeron avergonzados a las calles.
Y antes de que Él hubiera terminado de escribir, solo aquella mujer y nosotros nos hallábamos ante Él.
Y otra vez la miró a los ojos, y le dijo:
«Has amado con exceso. Quienes te trajeron aquí amaron muy poco. Pero te trajeron como un lazo para mi captura.
“Y ahora vete en paz.
“Ninguno de ellos está aquí para juzgarte. Y si es tu deseo ser sabio aun cuando eres amoroso, entonces búscame; porque el Hijo del Hombre no te juzgará”.
Y entonces me pregunté si Él le había dicho esto porque Él mismo no estaba libre de pecado.
Pero desde aquel día he meditado mucho, y sé ahora que solo los puros de corazón perdonan la sed que conduce a aguas muertas.
Y solo el de paso firme puede tenderle la mano a quien tropieza.
Y otra vez y de nuevo os digo: la amargura de la muerte es menos amarga que la vida sin Él.