Él era como álamos brillando al sol;
Y como un lago entre las colinas solitarias, Brillando al sol;
Y como nieve sobre las cumbres de las montañas, Blanca, blanca al sol.
Sí, Él era semejante a todos ellos, Y yo Le amaba. Sin embargo, temía Su presencia. Y mis pies no querían llevar mi carga de amor Para ceñir Sus pies con mis brazos.
Le habría dicho:
“He matado a tu amigo en una hora de pasión. ¿Me perdonarás mi pecado? ¿Y no habrás de liberar por compasión mi juventud
De su ciego acto,
Para que pueda caminar en tu luz?”
Sé que Él habría perdonado mi baile Por la cabeza santa de Su amigo. Sé que Él habría visto en mí Un objeto de Su propia enseñanza. Pues no hubo valle de hambre que no pudiera salvar, Ni desierto de sed que no pudiera cruzar.
Sí, Él era aun como los álamos, Y como los lagos entre los cerros, Y como la nieve sobre el Líbano.
Y habría refrescado mis labios en los pliegues de Su vestidura.
Pero Él estaba lejos de mí, Y yo sentía vergüenza. Y mi madre me detuvo Cuando el deseo de buscarlo se apoderó de mí.
Cada vez que Él pasaba, mi corazón se dolía por su hermosura,
- Pero mi madre le fruncía el ceño con desprecio,
- Y me apresuraba a alejarme de la ventana Hacia mi alcoba.
Y exclamaba en voz alta, diciendo:
"¿Quién es Él sino otro devorador de langostas del desierto?"
“¿Qué es Él sino un burlón y un renegado, Un agitador sedicioso que nos robaría cetro y corona, Y ordenaría a los zorros y chacales de Su maldita tierra Aullar en nuestros salones y sentarse en nuestro trono?
Id a ocultar vuestro rostro desde hoy, Y aguardad el día en que Su cabeza caiga, Mas no sobre vuestra bandeja”.
Estas cosas decía mi madre. Pero mi corazón no guardaba sus palabras. Lo amaba en secreto, Y mi sueño estaba ceñido de llamas.
Él se ha ido ahora. Y algo que había en mí también se ha ido.
Tal vez fuera mi juventud la que no quiso detenerse aquí, desde que el Dios de la juventud fue asesinado.