Me interrogas acerca de los milagros de Jesús.
Cada mil millones de años el sol y la luna y esta tierra y todas sus hermanas planetarias se reúnen en línea recta, y se confabulan un momento.
Luego se dispersan lentamente y aguardan el paso de otros mil millones de años.
No hay más milagros que las estaciones, pero tú y yo no conocemos todas las estaciones. ¿Y si una estación se manifestara en la forma de un hombre?
En Jesús, los elementos de nuestros cuerpos y de nuestros sueños se unieron conforme a la ley. Todo lo que era atemporal antes de Él se volvió temporal en Él.
Dicen que devolvió la vista a los ciegos y la marcha a los paralíticos, y que expulsó demonios de los endemoniados.
Acaso la ceguera no sea más que un oscuro pensamiento que puede ser vencido por un pensamiento ardiente.
Acaso un miembro marchito no sea más que pereza que puede ser avivada por la energía.
Y tal vez los demonios, estos elementos inquietos en nuestra vida, sean expulsados por los ángeles de la paz y la serenidad.
Dicen que Él resucitó a los muertos. Si puedes decirme qué es la muerte, entonces te diré qué es la vida.
En un campo he observado una bellota, una cosa tan quieta y Aparentemente inútil.
Y en la primavera he visto a esa bellota echar raíces y levantarse, el principio de un roble, hacia el sol.
Ciertamente consideraríais esto un milagro, mas semejante milagro se obra un millón de veces en el sopor de cada otoño y la pasión de cada primavera.
¿Por qué no ha de obrarse en el corazón del hombre?
¿Acaso no se encontrarán las estaciones en la mano o sobre los labios de un Hombre Ungido?
Si nuestro Dios ha dado a la tierra el arte de albergar la semilla mientras la semilla está aparentemente muerta, ¿por qué no le dará al corazón del hombre el poder de infundir vida en otro corazón, incluso en un corazón aparentemente muerto?
He hablado de estos milagros, los cuales tengo por poca cosa al lado del mayor milagro, que es el Hombre mismo, el Caminante, aquel que convirtió mi escoria en oro, que me enseñó a amar a los que me odian y al hacerlo me trajo consuelo y dio dulces sueños a mi sueño.
Este es el milagro en mi propia vida.
Mi alma era ciega, mi alma cojeaba. Estaba poseído por espíritus inquietos, y estaba muerto.
Pero ahora veo con claridad, y camino erguido. Estoy en paz, y vivo para presenciar y proclamar mi propio ser a cada hora del día.
Y no soy uno de Sus seguidores. No soy más que un viejo astrónomo que visita los campos del espacio una vez por temporada, y que desea acatar la ley y los milagros que de ella emanan.
Y estoy en el crepúsculo de mi tiempo, mas siempre que busco su aurora, busco la juventud de Jesús.
Y por siempre buscará la vejez a la juventud. En mí ahora es el conocimiento el que busca la visión.