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nydus/Jesus the Son of ManPublic
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Un hombre rico

Él habló mal de los hombres ricos. Y un día le pregunté diciendo:

«Señor, ¿qué debo hacer para alcanzar la paz del espíritu?».

Y me mandó que diera mis posesiones a los pobres y le siguiera.

Pero Él no poseía nada; por tanto, no conocía la seguridad ni la libertad de las posesiones, ni la dignidad y el respeto propio que en ellas residen.

En mi casa hay ciento cuarenta esclavos y mayordomos; unos trabajan en mis olivares y viñedos, y otros dirigen mis naves hacia islas lejanas.

Si le hubiera hecho caso y hubiera entregado mis bienes a los pobres, ¿qué habría sido de mis esclavos, de mis criados y de sus mujeres e hijos? Ellos también se habrían convertido en mendigos a las puertas de la ciudad o en el pórtico del templo.

No, aquel buen hombre no comprendía el secreto de las posesiones. Como Él y Sus seguidores vivían de la generosidad ajena, creía que todos los hombres debían vivir de la misma manera.

He aquí una contradicción y un enigma: ¿Deben los hombres ricos otorgar sus riquezas a los pobres, y es menester que los pobres tengan la copa y el pan del hombre rico antes de recibirle en su mesa?

¿Y acaso tiene el dueño de la torre que hacer de anfitrión de sus inquilinos antes de llamarse a sí mismo señor de su propia tierra?

La hormiga que guarda comida para el invierno es más sabia que un saltamontes que canta un día y pasa hambre otro.

El sábado pasado, uno de Sus seguidores dijo en la plaza del mercado:

«En el umbral del cielo donde Jesús pueda dejar Sus sandalias, ningún otro hombre es digno de recostar su cabeza».

Pero yo pregunto, ¿en el umbral de la casa de quién podría haber dejado Sus sandalias aquel honrado vagabundo? Él Mismo nunca tuvo casa ni umbral; y a menudo iba sin sandalias.

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