Usted ha observado que algunos de nosotros llamamos a Jesús el Cristo, y otros la Palabra, y otros lo llaman el Nazareno, y todavía otros el Hijo del Hombre.
Intentaré hacer claros estos nombres a la luz que se me ha dado.
El Cristo, Aquel que estaba en el principio de los días, es la llama de Dios que habita en el espíritu del hombre. Él es el sopillo de vida que nos visita, y toma para sí un cuerpo semejante a nuestros cuerpos.
Él es la voluntad del Señor.
Él es la primera Palabra, que hablaría con nuestra voz y viviría en nuestro oído para que podamos prestar atención y comprender.
Y la Palabra del Señor nuestro Dios edificó una casa de carne y huesos, y fue hombre semejante a ti y a mí.
Porque no podíamos oír la canción del viento sin cuerpo ni ver a nuestro ser más grande caminando en la bruma.
Muchas veces el Cristo ha venido al mundo, y ha recorrido muchas tierras. Y siempre ha sido tenido por extranjero y por loco.
Y sin embargo, el sonido de su voz jamás descendió hacia el vacío, pues la memoria del hombre guarda aquello de lo que su mente no se preocupa por cuidar.
Este es el Cristo, lo más íntimo y la cumbre, que camina con el hombre hacia la eternidad.
¿No habéis oído hablar de Él en las encrucijadas de la India? ¿Y en la tierra de los Magos, y sobre las arenas de Egipto?
Y aquí en vuestro País del Norte vuestros antiguos bardo cantaron a Prometeo, el portador del fuego, aquel que fue el deseo del hombre cumplido, la esperanza enjaulada hecha libre; y a Orfeo, que vino con una voz y una lira para avivar el espíritu en la bestia y en el hombre.
¿Y no sabéis de Mitra el rey, ni de Zoroastro, el profeta de los persas, que despertó del antiguo sueño del hombre y se detuvo junto al lecho de nuestro ensueño?
Nosotros mismos nos convertimos en hombre ungido cuando nos reunimos en el Templo Invisible, una vez cada mil años. Entonces surge uno encarnado, y a su llegada nuestro silencio se convierte en canto.
Sin embargo, nuestros oídos no se vuelven siempre hacia la escucha ni nuestros ojos hacia la visión.
Jesús el Nazareno nació y se crió como nosotros; su madre y su padre fueron como nuestros padres, y Él fue un hombre.
Pero el Cristo, la Palabra, que era en el principio, el Espíritu que haría que viviéramos nuestra vida más plena, vino a Jesús y estuvo con Él.
Y el Espíritu era la diestra versada del Señor, y Jesús era el arpa.
El Espíritu era el salmo, y Jesús su estribillo.
Y Jesús, el Hombre de Nazaret, fue el anfitrión y el portavoz del Cristo, quien caminó con nosotros bajo el sol y nos llamó Sus amigos.
En aquellos días las colinas de Galilea y sus valles no escuchaban sino Su voz. Y yo era un joven entonces, y andaba por Su senda y seguía Sus huellas.
Perseguí Sus huellas y caminé por Su senda, para escuchar las palabras de Cristo de los labios de Jesús de Galilea.
Ahora sabrías por qué algunos de nosotros lo llamamos el Hijo del Hombre.
Él Mismo deseó ser llamado por ese nombre, pues conocía el hambre y la sed del hombre, y contemplaba al hombre buscando su propio ser más grande.
El Hijo del Hombre era Cristo el Clemente, que estaría con todos nosotros.
Él era Jesús el Nazareno, quien conduciría a Sus hermanos hacia el Ungido, aun hasta el Verbo que en el principio estaba con Dios.
En mi corazón habita Jesús de Galilea, el Hombre por encima de los hombres, el Poeta que hace poetas de todos nosotros, el Espíritu que llama a nuestra puerta para que despertemos, nos levantemos y salgamos al encuentro de la verdad, desnudos y sin cargas.