Crees en lo que oyes decir.
Cree en lo no dicho, porque el silencio de los hombres está más cerca de la verdad que sus palabras.
Preguntas si Jesús podría haber evitado Su muerte ignominiosa y haber salvado a sus seguidores de la persecución.
Respondo: Bien pudo haber escapado de haberlo querido, pero no buscó la seguridad ni estuvo atento a proteger a su rebaño de los lobos de la noche.
Conocía Su destino y el mañana de Sus constantes amantes. Predijo y profetizó lo que nos sobrevendría a cada uno de nosotros.
No buscó Su muerte; pero aceptó la muerte como el labrador que cubre su grano con tierra, acepta el invierno, y luego aguarda la primavera y la cosecha; y como el constructor que coloca la piedra más grande en los cimientos.
Éramos hombres de Galilea y de las laderas del Líbano. Nuestro Maestro podría habernos conducido de regreso a nuestra tierra, para vivir con Su juventud en nuestros jardines hasta que la vejez viniera a susurrar nuestro regreso al tiempo.
¿Había algo que le impidiera el paso de regreso a los templos de nuestras aldeas, donde otros leían a los profetas y luego revelaban sus corazones?
¿No podría haber dicho: «Ahora marcho hacia el este con el viento del oeste», y al decirlo habernos despedido con una sonrisa en los labios?
Sí, Él pudo haber dicho:
“Volved con vuestros parientes. El mundo no está listo para mí. Regresaré dentro de mil años. Enseñad a vuestros hijos a aguardar mi regreso.”
Él podría haber hecho esto de haberlo querido así.
Pero Él sabía que para construir el templo invisible necesitaba colocar Él mismo la piedra angular, y colocarnos a nuestro alrededor como pequeñas piedras cementadas estrechamente a Él.
Él sabía que la savia de Su árbol debía ascender desde sus raíces, y derramó Su sangre sobre sus raíces; y para Él no fue un sacrificio sino más bien una ganancia.
La muerte es la reveladora. La muerte de Jesús reveló Su vida.
Si Él hubiera escapado de ustedes y de Sus enemigos, habrían sido los conquistadores del mundo. Por lo tanto, Él no escapó.
Sólo Él, que lo desea todo, lo dará todo.
Ay, Jesús podría haber escapado de sus enemigos y llegado a la vejez. Pero conocía el fluir de las estaciones, y cantaría su canción.
¿Qué hombre, enfrentado al mundo armado, no se dejaría vencer por un momento con tal de conquistar las edades?
¿Y ahora preguntas quién, en verdad, dio muerte a Jesús, los romanos o los sacerdotes de Jerusalén?
Ni los romanos le mataron, ni los sacerdotes. El mundo entero se detuvo a honrarle sobre aquella colina.