Una vez más hablaría de Él.
Dios me dio la voz y los labios ardientes aunque no el habla.
Y yo no soy digno de la palabra más plena, mas quisiera convocar mi corazón a mis labios.
Jesús me amaba y yo no sabía por qué.
Y le amé porque vivificó mi espíritu hasta alturas más allá de mi estatura, y hasta profundidades más allá de mi plomada.
El amor es un misterio sagrado.
A los que aman, les permanece por siempre sin palabras;
Pero para aquellos que no aman, puede ser tan solo una broma sin corazón.
Jesús me llamó a mí y a mi hermano cuando laborábamos en el campo.
Yo era joven entonces y solo la voz del alba había visitado mis oídos.
Pero Su voz y la trompeta de Su voz fueron el fin de mi labor y el comienzo de mi pasión.
Y no me quedaba entonces más que caminar bajo el sol y adorar la hermosura de la hora.
¿Podrías concebir una majestad demasiado bondadosa para parecer majestuosa? ¿Y una belleza demasiado radiante para parecer hermosa?
¿Podías oír en tus sueños una voz tímida de su propio éxtasis?
Me llamó y Le seguí.
Esa tarde regresé a la casa de mi padre para buscar mi otra capa.
Y le dije a mi madre:
«Jesús de Nazaret me quiere en Su compañía».
Y ella dijo:
“Ve por Su camino, hijo mío, aun como tu hermano.”
Y Yo lo acompañé.
Su fragancia me llamó y me mandó, pero solo para liberarme.
El amor es un anfitrión benévolo con sus invitados, aunque para los no invitados su casa es un espejismo y una burla.
Ahora pretenderías que te explique los milagros de Jesús.
Todos somos el gesto milagroso del momento; nuestro Señor y Maestro era el centro de ese momento.
Sin embargo, no era Su deseo que Sus gestos fueran conocidos.
Le he oído decir al cojo:
“Levántate y vete a casa, mas no digas al sacerdote que yo te he sanado”.
Y la mente de Jesús no estaba en el lisiado; estaba más bien con los fuertes y los rectos.
Su mente buscó y retuvo a otras mentes y Su espíritu completo visitó a otros espíritus.
Y al hacerlo, Su espíritu cambió estas mentes y estos espíritus.
Parecía milagroso, pero con nuestro Señor y Maestro era sencillamente como respirar el aire de todos los días.
Y ahora permitidme hablar de otras cosas.
Un día en que Él y yo íbamos solos caminando por un campo, ambos teníamos hambre, y llegamos a un manzano silvestre.
Solo había dos manzanas colgando de la rama.
Y Él agarró el tronco del árbol con su brazo y lo sacudió, y las dos manzanas cayeron.
Los cogió a ambos y me dio uno. El otro lo sostuvo en Su mano.
En mi hambre me comí la manzana, y me la comí rápido.
Entonces lo miré y vi que aún tenía la otra manzana en la mano.
Y Él me lo dio diciendo: “Cómete también esto.”
Y tomé la manzana, y en mi desvergonzada hambre la comí.
Y mientras seguíamos andando, contemplé Su rostro.
¿Pero cómo he de contarte lo que vi?
Una noche donde las velas arden en el espacio;
Un sueño más allá de nuestro alcance;
Un mediodía en que todos los pastores están en paz y felices de que su rebaño esté pastando;
Una tarde, y una calma, y un regreso a casa;
Luego un sueño y una ensoñación.
Todo esto vi en su rostro.
Me había dado las dos manzanas. Y yo sabía que Él tenía hambre aun cuando yo tenía hambre.
Pero ahora sé que al dármelas Él se había quedado satisfecho. Él mismo comía de otro fruto de otro árbol.
Te hablaría más de Él, ¿pero cómo he de hacerlo?
Cuando el amor se vuelve inmenso, el amor se queda sin palabras.
Y cuando la memoria está sobrecargada, busca la profundidad silenciosa.