Él era un extranjero entre nosotros, y Su vida estaba oculta con oscuros velos.
Él no anduvo por el camino de nuestro Dios, sino que siguió el rumbo de los inmundos y los infames.
Su infancia se rebeló y rechazó la dulce leche de nuestra naturaleza.
Su juventud ardía como hierba seca que arde en la noche.
Y cuando se hizo hombre, tomó las armas contra todos nosotros.
Tales hombres son concebidos en la marea menguante de la bondad humana, y nacen en tempestades impías. Y en las tempestades viven un día y luego perezcan para siempre.
¿No le recuerdas, un muchacho soberbio, que discutía con nuestros sabios ancianos y se reía de su dignidad?
¿Y no recuerdas Su juventud, cuando vivía de la sierra y el cincel? No acompañaba a nuestros hijos e hijas en sus días festivos. Caminaba solo.
Y no devolvía el saludo a quienes lo aclamaban, como si estuviera por encima de nosotros.
Yo mismo lo conocí una vez en el campo y lo saludé, y Él tan solo sonrió, y en su sonrisa contemplé arrogancia e injuria.
Poco después mi hija fue con sus compañeras a los viñedos a recoger las uvas, y ella le habló y Él no le respondió.
Habló solo a toda la compañía de vendimiadores, como si mi hija no hubiera estado entre ellos.
Cuando Él abandonó a Su pueblo y se volvió un vagabundo, no quedó en Él más que un charlatán. Su voz era como una garra en nuestra carne, y el sonido de Su voz sigue siendo un dolor en nuestra memoria.
Él solo proferiría mal de nosotros y de nuestros padres y antepasados.
Y Su lengua buscó nuestros pechos como una flecha envenenada.
Tal era Jesús.
Si Él hubiera sido mi hijo, lo habría entregado con las legiones romanas a Arabia, y le habría rogado al capitán que lo colocara al frente de la batalla, para que el arquero del enemigo pudiera distinguirlo y librarme de su insolencia.
Pero no tengo hijo. Y tal vez deba estar agradecido. Porque ¿y si mi hijo hubiera sido un enemigo de su propio pueblo, y mis canas buscaran ahora el polvo con vergüenza, mi barba blanca humillada?