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nydus/Jesus the Son of ManPublic
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Cleopas de Betruna

Cuando Jesús hablaba, el mundo entero enmudecía para escuchar. Sus palabras no eran para nuestros oídos, sino para los elementos de los cuales Dios hizo esta tierra.

Él le habló al mar, nuestra vasta madre, que nos dio la vida.

Él le habló a la montaña, nuestro hermano mayor cuya cumbre es una promesa.

Y Él habló a los ángeles allende el mar y la montaña a quienes confiamos nuestros sueños antes de que el barro en nosotros endureciera bajo el sol.

Y aún Su palabra duerme en nuestro pecho como una canción de amor medio olvidada, y a veces se abre paso quemando hasta nuestra memoria.

Su discurso era sencillo y alegre, y el sonido de su voz era como agua fresca en una tierra de sequía.

Una vez levantó Su mano hacia el cielo, y Sus dedos eran como las ramas de un sicomoro; y dijo con gran voz:

“Los profetas de antaño os han hablado, y vuestros oídos están llenos de sus palabras. Pero yo os digo: vaciad vuestros oídos de lo que habéis escuchado”.

Y estas palabras de Jesús: «Pero yo os digo», no fueron pronunciadas por un hombre de nuestra raza ni de nuestro mundo; sino más bien por un ejército de serafines marchando a través del cielo de Judea.

Una y otra vez citaba la ley y los profetas, y luego decía:

“Pero yo os digo”.

¡Oh, qué palabras ardientes, qué olas de mares desconocidos para las orillas de nuestra mente:

“Pero yo os digo”!

Qué estrellas buscando la oscuridad del alma, y qué almas insomnes aguardando el amanecer.

Para hablar del discurso de Jesús es menester tener Su discurso o el eco del mismo.

No tengo ni la palabra ni el eco.

Te ruego que me perdones por comenzar una historia que no puedo terminar.

Pero el final aún no está en mis labios. Sigue siendo una canción de amor en el viento.

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