misma, y tal que sea absolutamente distinta de todas nuestras nociones de cuerpo; y cómo se ha de lograr esto se muestra allí. Se requiere, además de esto, la seguridad de que todos los objetos que pensamos clara y distintamente son verdaderos (existen realmente) de ese mismo modo en que los pensamos; y esto no pudo establecerse antes de la Cuarta Meditación. Además, es necesario, para el mismo propósito, que poseamos una concepción distinta de la naturaleza corpórea, la cual se da en parte en la Segunda y en parte en la Quinta y Sexta Meditaciones. Y, finalmente, sobre estas bases, nos vemos en la necesidad de concluir que todos aquellos objetos que se conciben clara y distintamente como sustancias diversas, tales como la mente y el cuerpo, son sustancias verdaderamente recíprocas y distintas; y esta inferencia se hace en la Sexta Meditación.
La distinción absoluta de la mente y del cuerpo queda, además, confirmada en esta Segunda Meditación, al demostrar que no podemos concebir el cuerpo más que como divisible; mientras que, por otra parte, la mente no puede concebirse sino como indivisible.
Pues no somos capaces de concebir la mitad de una mente, como sí podemos hacerlo con cualquier cuerpo, por pequeño que sea, de modo que las naturalezas de estas dos sustancias deben ser tenidas no solo por diversas, sino incluso en cierto modo por contrarias.
No he querido, sin embargo, continuar esta discusión en el presente tratado, tanto por la razón de que estas consideraciones bastan para demostrar que la destrucción de la mente no se sigue de la corrupción del cuerpo, y así ofrecer a los hombres la esperanza de una vida futura, como también porque las premisas de las que nos es competente inferir la inmortalidad del alma implican una explicación de todos los principios de la Física: a fin de establecer, en primer lugar, que por lo general todas las sustancias, esto es, todas las cosas que solo pueden existir como consecuencia de haber sido creadas por Dios, son por su propia