mejor fundamento para seguirlos en lo que concierne a la verdad y al error.
Luego, con respecto a la otra razón —a saber, que dado que estas ideas no dependen de mi voluntad, deben provenir de objetos que existen fuera de mí—, no la hallo más convincente que la anterior; pues, así como esos impulsos naturales de los que he hablado hace poco se encuentran en mí, a pesar de no estar siempre en armonía con mi voluntad, del mismo modo bien puede ser que posea alguna facultad, aún no lo suficientemente conocida por mí, capaz de producir ideas sin la ayuda de objetos externos y que, en verdad, siempre me ha parecido hasta ahora que se forman durante el sueño, por alguna facultad de esta naturaleza, sin la ayuda de nada externo.
Y, en fin, aunque concediera que proceden de esos objetos, no se sigue necesariamente que deban ser semejantes a ellos. Por el contrario, he observado en varios casos que existía una gran diferencia entre el objeto y su idea.
Así, por ejemplo, encuentro en mi mente dos ideas del sol totalmente diversas: la una, por la cual me parece extremadamente pequeño, toma su origen de los sentidos y debe ser colocada en la clase de las ideas adventicias; la otra, por la cual me parece muchas veces mayor que toda la tierra, se adopta por razones astronómicas, esto es, se deduce de ciertas nociones innatas en mí, o es elaborada por mí mismo de algún otro modo.
Ciertamente, estas dos ideas no pueden ser ambas semejantes a un mismo sol; y la razón me enseña que la que parece haber emanado inmediatamente de él es la más desemejante.
Y estas cosas prueban suficientemente que hasta ahora no ha sido por un juicio cierto y deliberado, sino solo por una especie de impulso ciego, como creí que existían ciertas cosas diferentes de mí, las cuales, mediante los órganos de los sentidos,