objetos aún más simples y universales que estos, a partir de los cuales, exactamente igual que a partir de ciertos colores reales, se forman todas esas imágenes de las cosas —ya sean verdaderas y reales, ya falsas y fantásticas— que se encuentran en nuestra conciencia (cogitatio).
A esta clase de objetos parecen pertenecer la naturaleza corpórea en general y su extensión; la figura de las cosas extendidas, su cantidad o magnitud, y su número, así como el lugar en el que, y el tiempo durante el cual, existen, y otras cosas del mismo género.
No razonaremos, por lo tanto, quizás ilegítimamente si concluimos de esto que la Física, la Astronomía, la Medicina y todas las demás ciencias que tienen por fin la consideración de objetos compuestos son en verdad de carácter dudoso; pero que la Aritmética, la Geometría y las demás ciencias de la misma clase, que consideran meramente los objetos más simples y generales, y apenas se inquieren sobre si estos existen o no realmente, contienen algo de cierto e indubitable: pues, ya esté despierto o duerma, sigue siendo verdad que dos y tres suman cinco, y que un cuadrado no tiene más que cuatro lados; ni parece posible que verdades tan patentes puedan caer jamás bajo la sospecha de falsedad [o incerteza].
Sin embargo, la creencia de que hay un Dios que es todopoderoso, y que me ha creado tal como soy, se ha apoderado firmemente de mi espíritu desde hace mucho tiempo. ¿Cómo sé, pues, que no ha dispuesto que no haya tierra, ni cielo, ni cosa extensa, ni figura, ni magnitud, ni lugar, haciendo al mismo tiempo, sin embargo, que [surgan en mí las percepciones de todas estas cosas y] la persuasión de que no existen de otra manera que como las percibo? Y además, como pienso a veces que otros y otras se equivocan en asuntos de los que creen poseer un conocimiento perfecto, ¿cómo sé