que él mismo concibió o aprehendió por el sentido. Comprendo fácilmente, digo, que la imaginación puede formarse así, si es verdad que existen los cuerpos; y como no encuentro ningún otro modo obvio de explicarlo, conjeturo por ello, con probabilidad, que existen, mas solo con probabilidad; y aunque examine cuidadosamente todas las cosas, sin embargo no encuentro que, de la idea distinta de la naturaleza corpórea que tengo en mi imaginación, pueda inferir necesariamente la existencia de cuerpo alguno.
Pero estoy acostumbrado a imaginar muchos otros objetos además de esa naturaleza corpórea que es el objeto de las matemáticas puras, como, por ejemplo, los colores, los sonidos, los sabores, el dolor y cosas semejantes, aunque con menor distinción; y, en la medida en que percibo estos objetos mucho mejor por los sentidos —por mediación de los cuales y de la memoria parecen haber llegado a la imaginación—, creo que, para examinarlos con mayor provecho, es conveniente que examine al mismo tiempo qué es la percepción sensorial y que investigue si a partir de esas ideas que son aprehendidas por este modo de pensar (conciencia), no puedo obtener una prueba cierta de la existencia de los objetos corpóreos.
Y, en primer lugar, traeré a mi memoria las cosas que hasta ahora he tenido por verdaderas, por haberlas percibido mediante los sentidos, y los fundamentos sobre los que descansaba la creencia en su verdad; examinaré, en segundo lugar, las razones que después me obligaron a dudar de ellas; y, finalmente, consideraré qué debo creer ahora acerca de las mismas.
En primer lugar, pues, percibí que tenía cabeza, manos, pies y otros miembros que componían ese cuerpo que consideraba como parte, o quizás incluso como el todo, de mí mismo. Percibí además que ese cuerpo estaba colocado entre muchos otros, por los cuales era capaz de ser afectado de diversas maneras, tanto beneficiosas como dañinas; y lo que era beneficioso lo notaba por cierta sensación de