puede ser educida de la potencia de la materia, como las otras cosas de las que había hablado, sino que debe ser expresamente creada; y que no basta con que esté alojada en el cuerpo humano exactamente como un piloto en una nave, a no ser quizá para mover sus miembros, sino que es necesario que esté junta y unida más estrechamente al cuerpo, para tener sensaciones y apetitos semejantes a los nuestros, y constituir así un hombre verdadero. Entré aquí, para concluir, en el tema del alma con bastante extensión, porque es de la mayor importancia: pues después del error de los que niegan la existencia de Dios, error que creo haber refutado ya suficientemente, no hay ninguno que sea más poderoso para desviar a las almas débiles del recto camino de la virtud que la suposición de que el alma de las bestias es de la misma naturaleza que la nuestra; y que, por consiguiente, después de esta vida no tenemos nada que esperar ni que temer, más que las moscas y las hormigas; en lugar de lo cual, cuando sabemos cuánto difieren, comprendemos mucho mejor las razones que establecen que el alma es de una naturaleza totalmente independiente del cuerpo y que, por consiguiente, no está sujeta a morir con este y, finalmente, como no se observan otras causas capaces de destruirla, somos conducidos naturalmente a juzgar por ello que es inmortal.
Parte VI
Tres años han transcurrido ya desde que terminé el tratado que contiene todas estas materias; y comenzaba a revisarlo, con la mira de ponerlo en manos de un impresor, cuando supe que personas a quienes respeto enormemente, y cuya autoridad sobre mis acciones es apenas menos influyente que la de mi propia razón sobre mis pensamientos, habían condenado cierta doctrina en física, publicada poco antes por otro individuo, a la cual no diré que me adhiriera, sino solo que, antes de su censura, no había observado en ella nada que pudiera imaginar perjudicial ni para