la especie que acabo de mencionar; y, por consiguiente, no se encuentra nada en ellas que no manifieste el poder y la bondad de Dios. Así, por ejemplo, cuando los nervios del pie son agitados de un modo violento o más de lo habitual, el movimiento que pasa a través de la médula espinal hasta las partes más internas del cerebro ofrece al signo una señal en la que el espíritu experimenta una sensación, a saber, la de dolor, como si estuviera en el pie, mediante la cual el espíritu es advertido e incitado a hacer todo lo posible para eliminar su causa por considerarla peligrosa y dañina para el pie. Es verdad que Dios habría podido constituir la naturaleza del hombre de tal manera que ese mismo movimiento en el cerebro le hubiera informado al espíritu de algo totalmente distinto: el movimiento podría haber sido, por ejemplo, la ocasión en que el espíritu cobra conciencia de sí mismo, en cuanto que está en el cerebro, o en cuanto que está en algún lugar intermedio entre el pie y el cerebro, o, finalmente, la ocasión en que percibe algún otro objeto completamente diferente, sea este el que fuere; pero nada de todo esto habría contribuido tan bien a la conservación del cuerpo como aquello que el espíritu siente en realidad. Del mismo modo, cuando necesitamos beber, surge de esta necesidad cierta sequedad en la garganta que agita sus nervios y, por medio de ellos, las partes internas del cerebro; y este movimiento afecta al espíritu con la sensación de sed, porque en esa ocasión no hay nada que nos sea más útil que saber que necesitamos beber para la conservación de nuestra salud; y así en los demás casos.
De donde es bastante manifiesto que, no obstante la soberana bondad de Dios, la naturaleza del hombre, en cuanto está compuesta de mente y cuerpo, no puede dejar de ser a veces falaz. Pues si