1.º Pido a mis lectores que consideren cuán endebles son los motivos que hasta ahora les han llevado a depositar su confianza en los sentidos, y cuán inseguros son todos los juicios que fundaron posteriormente en ellos; y que reparen en esta consideración durante tanto tiempo y con tanta frecuencia que, en fin, adquieran la costumbre de no fiarse ya con tanta confianza de sus sentidos; pues considero que esto es necesario para llegar a ser capaz de comprender las verdades metafísicas.
2.º Que consideren su propia mente, y todos aquellos de sus atributos de los cuales descubran que no pueden dudar —aunque hayan supuesto que todo lo que alguna vez recibieron por los sentidos era enteramente falso—, y que no dejen de considerarla hasta haber adquirido el hábito de concebirla distintamente, y de creer que es más fácil de conocer que cualquier objeto corporal.
3.° Que examinen diligentemente aquellas proposiciones que son evidentes por sí mismas, las cuales encontrarán dentro de sí, como las siguientes: Que una misma cosa no puede al mismo tiempo ser y no ser; que la nada no puede ser la causa eficiente de nada, y otras semejantes; y que de este modo ejerzan esa claridad de entendimiento que les ha sido dada por la naturaleza, pero que las percepciones de los sentidos suelen perturbar y oscurecer en gran medida —la ejerzan, digo, pura y liberada de los objetos de los sentidos—, pues de este modo la verdad de los siguientes axiomas les parecerá muy evidente.
4º. Que examinen las ideas de aquellas naturalezas que contienen en sí un agregado de varios atributos, tales como la naturaleza del triángulo, la del cuadrado, o de alguna otra figura; así como también la naturaleza de la mente, la naturaleza del cuerpo y, sobre todo, la de Dios, o de un ser sumamente perfecto; y les ruego que observen que puede afirmarse con verdad que todas estas cosas están en los objetos que concebimos claramente que se contienen en ellas: por ejemplo, puesto que en la naturaleza del triángulo rectilíneo se encuentra contenida esta propiedad,