concebir un quilágono, represente confusamente alguna figura para mí, es bien evidente que esta no es un quilágono, puesto que en nada difiere de la que me representaría si pensara en un miríágono, o en cualquier otra figura de muchos lados; ni esta representación sería de utilidad alguna para descubrir y desplegar las propiedades que constituyen la diferencia entre un quilágono y otros polígonos. Pero si la cuestión trata sobre un pentágono, es muy cierto que puedo concebir su figura, así como la de un quilágono, sin la ayuda de la imaginación; pero asimismo puedo imaginarlo aplicando la atención de mi mente a sus cinco lados, y al mismo tiempo al área que contienen. Así observo que es necesario un esfuerzo especial de la mente para el acto de la imaginación, el cual no se requiere para concebir o entender ( ad intelligendum ); y este especial esfuerzo de la mente muestra claramente la diferencia entre la imaginación y la pura intelección ( imaginatio et intellectio pura ).
Advierto, además, que esta facultad de la imaginación que poseo, en cuanto difiere de la potencia de concebir, no es en modo alguno necesaria para mi [naturaleza o] esencia, es decir, para la esencia de mi espíritu; pues aunque no la poseyera, seguiría siendo el mismo que ahora soy, de lo cual parece poder concluirse que depende de algo diferente del espíritu. Y comprendo fácilmente que, si existe algún cuerpo al cual mi espíritu esté de tal modo conjuunto y unido que pueda, por así decirlo, considerarlo cuando le plazca, puede por este medio imaginar los objetos corpóreos; de suerte que este modo de pensar difiere de la pura intelección solo en este aspecto: que el espíritu, al concebir, se vuelve en cierto modo hacia sí mismo y considera alguna de las ideas que posee en su interior; mas al imaginar, se vuelve hacia el cuerpo y contempla en él algún objeto conforme a la idea