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III. El sermón del fuego

Oh, la brillante luna brillaba sobre la señora Porter Y sobre su hija Se lavan los pies en agua de soda Et O ces voix d’enfants, chantant dans la coupole!

Twit twit twit

  • Jug jug jug jug jug jug
  • So rudely forc’d.
  • Tereu

Unreal City

Under the brown fog of a winter noon Mr. Eugenides, the Smyrna merchant Unshaven, with a pocket full of currants C.i.f. London: documents at sight, Asked me in demotic French To luncheon at the Cannon Street Hotel Followed by a weekend at the Metropole.

A la hora violeta, cuando los ojos y la espalda se vuelven del escritorio hacia arriba, cuando el motor humano espera como un taxi que late esperando, yo, Tiresias, aunque ciego, latiendo entre dos vidas, viejo con arrugados pechos de mujer, puedo ver a la hora violeta, la hora vespertina que se esfuerza hacia el hogar, y trae al marino del mar de vuelta, a la dactilógrafa a la hora del té, que despega su desayuno, enciende su estufa y dispone comida en latas. Por la ventana peligrosamente tendidos sus combinados secándose tocados por los últimos rayos del sol, sobre el diván se apilan (de noche su cama) medias, zapatillas, enaguas y corsés. Yo, Tiresias, viejo con ubres arrugadas, percispé la escena, y predije el resto — también yo aguardaba al huésped esperado. Él, el joven carbunculoso, llega, un modesto empleado de bienes raíces, con una mirada audaz, uno de los humildes en quienes la seguridad asienta como un sombrero de seda a un millonario de Bradford. El momento es propicio, según adivina, la comida ha acabado, ella está aburrida y cansada, se esfuerza en hacerle caricias que siguen sin ser

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