Una fábula para comensales
En Inglaterra, mucho antes de que aquel rey mormón Enrique VIII descubriera que los monjes eran unos charlatanes,
Y les quitara sus tierras y el dinero a los pobres hombres, Y derribara sus abadías a sus espaldas,
Hubo un pueblo fundado por algún normando Que cobraba su impuesto a todo viajero;
Cerca de esta pequeña aldea había un monasterio Habitado por una banda de frailes alegres.
Eran dueños de ricas tierras y extensas, de un huerto, de un viñedo y una lechería; cuando algún viejo barón villano moría, añadía a sus arcas —un acto que nunca haría antes— su fortuna crecía con demasía, como si un hada bondadosa los protegiera todavía. ¡Ay! Ninguna hada visitaba su mesnada, ¡oh, no!; mucho peor que eso, tenían un fantasma en su morada.
Un viejo pecador malvado y hereje, Tal vez, emparedado por sus crímenes; Al menos venía a cenar a veces, Siempre que los monjes festejaban goces.
Robaba las vacas gordas y dejaba las flacas Para dar la leche—reventaba las campanas, Y una vez subió al prior al campanario, Para asombro de todo el vecindario.
Llegadas las Navidades, el Abad juró que comerían libres de almas y fantasmas su manjar, el demonio debía quedarse en casa; no se permitían