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V. Lo que dijo el trueno

Deslizándose envuelto en un manto pardo, con capucha No sé si hombre o mujer —¿Pero quién es ése al otro lado de ti? ¿Qué es ese sonido alto en el aire Murmullo de lamento maternal Quiénes son esas hordas encapuchadas que pululan Sobre llanuras sin fin, tropezando en la tierra agrietada Rodeadas tan sólo por el horizonte plano ¿Cuál es la ciudad sobre las montañas Se quiebra y se reforma y estalla en el aire violeta Torres que caen Jerusalén Atenas Alejandría Viena Londres Irreal

Una mujer estiraba su largo cabello negro y tenso y tocaba música susurrante en esas cuerdas y murciélagos con rostros de bebé en la luz violeta silbaban y batían sus alas y trepaban cabeza abajo por un muro ennegrecido y boca abajo en el aire había torres que tañían campanas evocadoras, que marcaban las horas y voces cantando desde cisternas vacías y pozos agotados.

En este agujero decrépito entre las montañas A la débil luz de la luna, la hierba canta Sobre las tumbas derruidas, en torno a la capilla Ahí está la capilla vacía, solo el hogar del viento. No tiene ventanas, y la puerta oscila, Los huesos secos no pueden hacer daño a nadie.

Solo un gallo se paraba en el maderamen del techo Co co rico co co rico En un fulgor de relámpago. Luego una ráfaga húmeda Trayendo lluvia

Ganga yacía seca, y las hojas lacias Esperaban la lluvia, mientras los negros nubes Se agruparon a lo lejos, sobre Himavant. La selva se agazapaba, encorvada en silencio. Habló entonces el trueno Da Datta: ¿qué hemos dado? Amigo mío, la sangre agitando mi corazón El audaz atrevimiento de una entrega momentánea Que una era de prudencia jamás podrá retractar Por esto, y solo por esto, hemos existido Que no ha de hallarse en nuestras esquelas Ni en memorias drapeadas por la araña benéfica Ni bajo sellos rotos por el escueto abogado En nuestras habitaciones vacías

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