Las puertas, aunque bien con barra y cerrojo aseguradas, Cedieron —mi afirmación nadie puede dudar, Pues bien conocéis el hecho, como vosotras sin duda— Que los fantasmas son tipos a los que no se puede echar; Es algo que debe lamentarse profundamente Que a gente tan escurridiza se le permita rondar, Pues a menudo se aparecen en momentos inoportunos, Como cualquiera sabrá que lea este romance.
El abad se quedó cual pegado a su silla, su ojo se volvió del tamaño de un dólar, el fantasma lo agarró entonces rudamente de los cabellos y le ordenó que fuera con él, con acento hueco.
Los frailes no pudieron hacer más que boquiabiertos mirar, el espíritu lo tiró con rudeza del cuello, y antes de que alguien pudiera decir «¡Válgame Dios!», la pareja se desvaneció velozmente por la chimenea.
Naturalmente todos buscaron por doquier, mas ni un jirón del Obispo pudo hallarse; los monjes, al ser interrogados, declaraban que San Pedro había arrebatado al cielo a su señor ilustre, aunque los malvados decían (tales villanos no son raros) que el rumbo del Abad quedaba más cerca del subsuelo; pero la Iglesia enseguida añadió a su nombre el título de Santo, reprobando así todo tal escándalo.
Mas luego de esto los frailes devotos fueron, y a leche y papilla vivían de lleno; cada alba del cuatro al cinco a uno dieron un látigo hasta que alardeaba de bueno. Del vino y licores por fin prescindieron, la admiración del condado en su seno. El verídico registro de tales manejos lo hallamos en un manuscrito de los viejos.
Una lírica
Si el espacio y el tiempo, al fin, son algo que no es real, la mosca que vive un día ha vivido igual que nos.