reprobadas, aunque no deseadas. Ruborizado y decidido, la asalta al instante; manos exploradoras no hallan defensa; su vanidad no requiere respuesta, y hace de la indiferencia una bienvenida. (Y yo, Tiresias, he sufrido de antemano todo cuanto en este mismo divan o cama se ha actuado; yo que me he sentado junto a Tebas bajo el muro y he caminado entre los más bajos de los muertos.) Le otorga un último beso condescendiente, y tantea su camino, hallando la escalera a oscuras…
Se vuelve y mira un momento en el espejo, Apenas consciente de su amante marchito; Su cerebro deja pasar un pensamiento a medias: «Bueno, ya está hecho: y me alegro de que haya acabado».
Cuando la hermosa mujer cae en la locura y Camina por su habitación de nuevo, sola, Se alisa el cabello con mano automática, Y pone un disco en el gramófono.
“This music crept by me upon the waters”
Y a lo largo del Strand, por Queen Victoria Street. Oh Ciudad ciudad, a veces puedo oír Junto a un bar público en Lower Thames Street, El plácido plañir de una mandolina Y un estrépito y charlar desde el interior Donde los pescadores holgazanean al mediodía: donde los muros De Magnus Martyr guardan El inexplicable esplendor de blanco y oro jónicos.
El río suda Aceite y alquitrán Las barcazas derivan Con la marea creciente Velas rojas Anchas A sotavento, oscilan en la pesada entena. Las barcazas bañan Troncos a la deriva Aguas abajo de Greenwich Pasando la Isla de los Perros. Weialala leia Wallala leialala