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Et Tu in Arcadia Vixisti

(Para R. A. M. S.)

En cuentos antiguos, ¡oh amigo!, habitó tu espíritu; allí, desde antaño, pasó tu infancia; y allí la alta expectativa, los altos deleites y hechos, movieron tu corazón tembloroso con esperanza y terror.

Y tú has oído antaño a la Bestia Blasfema, y el cuerno de Roldán, y aquel grito sembrador de guerra del indefenso Aquiles, coronado de égida.

Y tierras peligrosas viste, orillas sonoras y mares y bosques sombríos, isla y valle y montaña oscura. Pues tú cabalgaste con Tristán o Bedevere, en la lejana Lyonesse.

Tuviste un puesto en Samarkanda, en el cual magos de soslayo comerciaban; desde allí, de noche, un ifrif te arrebató, y con alas te alzó más allá del monte Aral; o, esperando ganancia, tú, con una jarra de dinero, te embarcaste hacia Basora por mar.

Pero sobre todo tú en aquel aire limpio cobraste vida; en la Arcadia hechizada, tierra de canto; y junto a las fuentes que más frecuentan los dioses. Allí el viejo Quirón, en el antro peletronio, te enseñó el saber; las plantas te enseñó, y por las estrellas brillantes en bosques sombríos a timonear.

Allí has visto al inmortal Pan bailar en secreto en un claro, y, bailando, rodar sus ojos; estos, donde caían, vertían júbilo, y a través de los robles congregados un horror volador aleteaba; mientras toda la tierra vibraba por dentro ante el paso fecundo del dios.

O a veces, junto al arroyo sollozo, soplaba, en su flauta apretada, notas amorfas y hechiceras divinas mas brutales; que el bosque escuchaba, y tú, con asombro; y a lo lejos en la llanura el labrador inerme se sobresaltaba y prestaba oído.

Hay cosas que, a quien las ve, le imponen Una fuerte vocación; y hay melodías Que quien las oye, las oirá por siempre jamás.

Por siempre jamás oyes al inmortal Pan Y a esas melodiosas divinidades, siempre jóvenes Y siempre cantando en las viejas montañas.

¿Qué fue esta tierra, hija de los dioses, para ti?

Fuera de tu país de los sueños, soñador, viniste, y en tus oídos sonaba la música antigua, y en tu mente las hazañas de los muertos, y aquellas edades heroicas tiempo ha olvidadas.

A una tierra tan caída, ¡ay!, demasiado tarde, ¡ay!, en días malvados, tus pasos regresan, a aguardar al mediodía los ruiseñores, a volverte morador de la playa hasta que la Argo llegue que llegó hace mucho, demorador junto al estanque donde aquel ángel deseado ya no se baña.

Como cuando el indio a Dakota llega, O al lejano Idaho, y donde habitó, Él con su clan, halla una ciudad zumbante; Allí por un momento, atónito, mira, y luego A diestra y siniestra, cual perro sabueso, Busca primero los altares ancestrales, luego el hogar Frío por las lluvias de antaño, y donde el viejo terror se alojaba, Y donde los muertos: así a ti la inmortal Esperanza, Con toda su jauría, te persigue chillando a través de los años: Aquí, allá, huyes; mas ni aquí ni allá habitan los gratos dioses, ni mora la gloria.

Eso, aquello no era Apolo, no era el dios. Esta no era Venus, aunque Venus pareciera

Un momento. Y aunque hermoso corra aquel río,

Ella, en todo el trayecto, desde fuente deshechada Hasta mares profanos corre; los dioses abandonaron Hace mucho sus juncos temblorosos; de sus llanuras Desconsolada, hace mucho huyó la aventura;

Y ahora aunque el río atrayente fluye, Y cada cabo poblado de álamos, y cada recodo O islote lleno de sauces, cautivan tu alma Y a tu esperanzada chalupa le susurran velocidad;

Mas no esperes tú en absoluto; la esperanza ya no existe;

¡Y oh, hace mucho que los bosques dorados han muerto Y las ciudades feéricas se han desvanecido de la tierra!

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