I
El brillante núcleo de la noche, la luminosa estancia me circunda: me siento en un fulgor de luz, suspendido sobre el mar oscuro.
A lo lejos rompe y ruge el oleaje por áridas millas de costa iluminada por la luna, donde entre las mareas la ola trémula cae en avalancha de espuma y empuja sus aguas batidas hasta el fondo de muchos acantilados y cuevas.
La clara campana resuena: la maquinaria se esfuerza: Las lentes giratorias destellan y pasan, Marco girando dentro de marco refulgente Con gélido brillo de cristal en movimiento:
Inaccesible a mí, cada hora sombría Las olas del mar agitan la torre O en la marea baja vuelven a descender; Y de vez en cuando toda la noche, Atraída de lejos por el encanto de la luz, Un ave marina golpea contra el cristal.
Y por fin cuando el alba pone fin a la noche Y ciñe el semi-orbe del mar, El alto y pálido faro a la luz Se ve tan blanco y espectral como puede ser.
La marea baja ya se ha ido: el verde Cinto recto de alga marina ahora se ve, Que alrededor de los cimientos de la torre Marca el intersticio de la marea; Y los hombres que vigilan tienen los ojos pesados, Y los labios sin sueño están resecos y agrios.
La noche pasa cual un sueño: las aves del mar cantan y se sumergen; y a la luz temprana del alba, humean las repisas recién desnudas y chorreantes, en cuyo borde se escucha la ola vidriosa lavar con un suave murmullo; mientras, en la torre blanca alzada en lo alto, con luz amarilla en el vidrio descolorido las lentes circulares destellan y pasan, y brillan enfermizas contra el cielo.
1869.
II
Mientras los firmes lentes giran Con un gélido brillo de vidrio; Y la clara campana tañe, Y el aceite rebosa el borde del quemador, Tranquilo y quieto en su escritorio, El solitario torrero Mantiene su vigilia.
Atraída desde lejos, la desconcertada gaviota golpea sordamente contra el faro; mas él no se mueve, no levanta la cabeza del escritorio donde lee, no alza los ojos para ver el gélido y ciego círculo de la noche observándolo a través de los cristales.
Este es el guardián de su patria, el más remoto centinela de la paz.
Este es el hombre que renuncia a todo lo hermoso de la vida por los medios para vivirla.
La poesía encubre con maña la vida del farero, suspendido en lo alto de la negrura en el núcleo ardiente de la noche.
El marino lo ve y lo bendice; el Poeta, sumido en un soneto, cuenta sus dedos manchados de tinta para alabarlo como es debido:
Solo nosotros lo contemplamos, sentado, paciente y estólido, mártir de un sueldo.
1870.