En mil ochocientos veinte el diácono Thin cercó las tierras y puso fin, y levantó anchos cimientos con afán a un furlong escaso de la ciudad.
Tarde y temprano la obra seguía. Las carretas bregaban antes del alba; el albañil silbaba, el peón cantaba; tarde y temprano las llanas resonaban; y Thin mismo venía día tras día a empujar el trabajo de cualquier vía.
Un constructor astuto, rey patentado de todo el gremio local de armado, ¿quién como él en el barrio se hallaba para mortificar ladrillo y argamasa, o embolsarse la pía cuota extraña sustituyendo tabla y yeso con maña?
Con plano y regla de dos pies en mano, junto al capataz se paraba ufano, con voz estentórea, con águila mirada para aplastar la extravagancia pasada. Gran ahorrador de ladrillos y ávido de guilders, él era el Bonaparte de los Builders.
El capataz, ser abatido, Un punto y otro puso en dudo: «Pues bien, señor, con su permlso— Ladrillos aquí, en el tabique mísmo…» El constructor boquiabierto tragó saliva y miró fijo, y de los servicios del capataz prescindió. Thin no contaría entre sus secuaces con un hombre de opiniones wesleyanas.
“El dinero es dinero”, dijo él. “Las manzanas son manzanas, el comercio es comercio. Faraones y emperadores en sus épocas construyeron, creo, por diferentes motivos: Caridad, gloria, piedad, orgullo, para pagar a los hombres, para complacer a una novia, para usar su piedra, para fastidiar a sus vecinos, no para obtener ganancias de sus labores. Construyeron para edificar o desconcertar; yo construyo porque soy un constructor. Luna y calle y plaza construyo, yeso y pintura y talle y doro. Alrededor de la ciudad míralos de pie, estos triunfos de mi mano creadora, con paredes abombadas, con suelos hundidos, con puertas cerradas, impracticables, volubles y frágiles en cada parte, y podridos hasta su más íntimo corazón. Allí el simple inquilino encontrará la muerte en la persiana que cae, la muerte en la tubería, la muerte en el grifo, ¡la muerte en el mortal retrete! Un día está fijado para que todos mueran: Caveat emptor! ¿qué me importa a mí?”
Al son de la lira de Anfión, Troya se alzó con torres en torno;
Al varas agitadas del Mago, un palacio en espiral hendía la arena;
A la financiación indomable de Thin, aquella media luna fantasma seguía avanzando.
Cuando por primera vez las campanas de bronce de las iglesias llamaron al clérigo y al cura a sus sitiales, los fieles de todas las sectas ya la contemplaban con respeto;
Un segundo domingo no había pasado aún cuando el techo ya resonaba cubierto: ¡Y cuando el cuarto llegó, he aquí la media luna terminada, pintada, vendida!
Las estrellas seguían sus rumbos, la Naturaleza con sus fuerzas subversivas, el Tiempo también, de dientes y tendones de hierro; y los años edaces continuaron.
Tronos se alzaron y cayeron; y aún la media luna, insalubre y ya senescente, un esqueleto enyesado de listones, aguardaba un día de ira.
En la noche muerta, la madera crujiente sacudía el oído del sopor, y, como el roble parlante de Dodona, hablaba de oráculos y juicios.
Cuando al son de la música bien punteada los pies de los niños pisaban ligeros, el padre, que cabeceaba junto a los decantadores, se sobresaltaba y soñaba con desdichas.
El ladrillo podrido se descompuso en polvo; el hierro fue consumido por el herrumbre; cada mansión tísica y pervertida pendía en el artículo de la declinación.
Así cuarenta, cincuenta, sesenta pasaron;
Hasta que, cuando al fin los setenta llegaron,
El ocupante del número tres A amigos llamó para celebrar una vez.
Salvaje era la noche; la nube a la carrera a la luna empujaba y contra el cielo la torcía; el viento entonaba una cantinela marinera; y las farolas guiñaban por toda la ciudadía.
Ante aquella casa, donde luces brillaban, comensales corpulentos, que toscamente cenaban, y el júbilo y el ruido, el bullicio y la batalla, vencían con claridad al vendaval que estallaba.
Mientras aún se tocaba el labio húmedo, el policía envidioso se demoraba; mientras la tempestad infernal volaba lejos y sacudía a la gente del campo en la cama, y arrancaba los árboles y zarandeaba los barcos, él se demoraba y se mojaba los labios.
¡He aquí que, desde dentro, unción! Breve el anfitrión brindó en la reunión; ¡Y antes de secarse los labios, ve Al Diácono alzarse a responder con fe!
“Aquí en esta casa que un día construí, Empapelada y pintada, tallada y dorada, Y de la cual, a mi entera satisfacción, Obtuve el setenta y cinco por ciento de beneficio; Aquí, en esta mesa de alegres vecinos, Recojo el mérito de mis fatigas. Aquellos eran los días —y digo más—, ¡Aquellos eran los grandes y viejos días de antaño! El constructor laboró día y noche; Vigiló que cada ladrillo estuviera en su sitio; Los hombres honrados dieron lo mejor de sí; Y la casa se alzó —¡una pirámide! Aquellos eran los días, como sabe nuestro alcalde, En que cuarenta calles y alamedas surgieron, Los frutos de mi creativo magín, Todas más o menos bajo un mismo modelo, Aseadas y cómodas, baratas y secas, ¡Un auténtico deleite para la vista! Encontré esto como un apartado rincón campestre; Lo dejo hecho de sólido listón y argamasa. En todo, fui el único actor— ¡Y soy el benefactor de esta ciudad!
Desde entonces, ¡ay!, cosa y nombre, cruzó el océano el shoddy enjambre— ¡shoddy que al ojo desorienta y ante un albañil me avergüenza! Si esta buena casa, en estructura o accesorio, hubiera sido templada con la más mínima mezcla de ese desacreditado shoddy, ¿prepararíamos hoy nuestro toddy, o uniríamos alegres canción y risa bajo su viga sempiterna? ¡Jamás! —exclamó el Diácono.
La mansión Marcó su expansión fatua. ¡Los años fueron plenos, la casa estaba destinada, La estructura podrida crepitaba! Un momento, y los mudos invitados Se sentaron tan pálidos como sus pecheras.
Un momento más, y raíz y rama, aquella mansión cayó en avalancha, piso sobre piso, planta sobre planta, techo, pared y ventana, viga y puerta, peso muerto de maldito desastre, un cataclismo de listón y yeso.
Siloé no eligió a un pecador:
Todos no eran constructores en la cena.