I
Soñé con bellas alamedas Y campos de hierba gris y florida, Donde bajo la amarilla luna de verano Mi Jenny parecía pasar.
Soñé que la amarilla luna de verano, Detrás de un bosque de cedros, Yacía blanca sobre campos de hierba ondulante Donde Jenny y yo nos hallábamos de pie.
Soñé, mas de mi sueño al caer, en un húmedo y plomizo país yazgo, donde una pálida y mojada mañana corona las colinas de la sombría realidad.
II
Soy como quien vela despierto toda la noche en el mes de junio, que yace despierto en la cama para mirar los árboles y la gran luna blanca.
Porque los recuerdos de amor son más que la blanca luna allá arriba, y más caros que el tranquilo claro de luna son los pensamientos de aquella a quien amo.
III
Anoche demoré largamente fuera Para ver a mi último amor. ¡Ay! los cristales blancos de luna Me devolvían una mirada ciega.
Hoy misma su mano sostengo, Su misma cintura abrazo—
Como nubes sobre un estanque, Leo sus pensamientos en su rostro.
Y sin embargo, cual ahora, a través de sus claros ojos busco el santuario interior—
Me inclino a leer su virgen corazón
En la duda de si es mío—
O mirando así larga y fervientemente, ¿qué visión he de ver? Ninguna visión, sino mi propia cara blanca que me sonríe e imita.
IV
Otra vez en el viejo asiento bajo el mismo sol brillante, las sombras de los olmos al pie y el follaje se mueven juntos.
Las sombras se mueven sobre la hierba, la aguja del reloj avanza; el sol claro brilla, los holgazanes pasan, como entonces pasaron y brillaron.
Pero ahora un sueño profundo pesa sobre mi corazón, Un sueño profundo y perfecto reposo. Los aleteos de la esperanza ya no perturban La quietud de mi pecho.