¿Puede ser la profecía una ciencia? La ciencia, en cualquier caso, parece aspirar a la profecía.
A menudo se nos dice que la prueba de una hipótesis radica en los acontecimientos que predice; pero es una prueba que se aplica con demasiada poca frecuencia.
Nos sorprende cuando los biólogos la aplican de forma sistemática a la teoría de la evolución.
Los historiadores también nos dicen que el estudio del pasado nos ayudará a prever el futuro, pero en su práctica apenas logran alcanzar el presente.
El órgano del conocimiento humano presenta, en efecto, un espectáculo curioso: un vasto sistema de cimientos, pero ni rastro del edificio que dichos cimientos han de sostener. Al menos tal era el caso hasta hace poco. En los pequeños volúmenes proféticos publicados recientemente podemos ver, tal vez, el esbozo preliminar de su imponente alzado.
Y así surge otra pregunta.
¿Cuál es el futuro de la profecía?
La investigación psíquica aún podría sorprendernos. Es posible que facultades latentes de adivinación se agazapen en la mente humana, pero sin duda es prematuro buscar iluminación por este medio. Menos sensacional pero más significativo es el surgimiento de la función profética en la labor de la ciencia misma, y en el pausado progreso de nuestra vida intelectual general en el siglo veinte.