El alivio en el mundo científico fue sincero e instantáneo. Científicos y otros, de diversos grados de eminencia, se apresuraron literalmente a subir al autobús del Sr. Haldane. En el año más o menos que siguió se habían producido unos veinte volúmenes proféticos, y los editores nos hablan de muchos otros en imprenta.
Sin embargo, en muchos de estos documentos no logramos percibir la auténtica mano guía, y estas obras acanónicas debemos dejárselas a los Alta Críticos del futuro.
Al verdadero profeta se le conoce por su talante estrictamente impersonal. No te dice lo que quiere ni lo que teme. Hasta donde podemos juzgar, no tiene deseos ni temores. Se limita a decirte lo que va a suceder.
Juzgado por este criterio, debemos rechazar, a mi juicio, a Trasímaco, por ser puramente propagandístico. El Sr. Joad quiere popularizar la inmoralidad. Intenta persuadirnos para que nos alistemos en las filas de los libertinos no sea que nos velemos arrollados por el inminente renacimiento neopuritano.
Por la misma razón debemos rechazar, a nuestro pesar, a la Sra. Bertrand Russell. En Hypatia, nos temo que el papel cuasiprofético se asume meramente como un puesto de observación desde el cual librar la guerra de los sexos.
Llegando a los profetas genuinos, los dividiría en dos clases; los mecanicistas y los vitalistas, sin embargo, no usando estos términos en sus sentidos filosóficos tradicionales. Los mecanicistas son aquellos que contemplan el futuro en términos del desarrollo de la maquinaria. El hombre, con una naturaleza muy parecida a la de hoy, es visto en un entorno de perfección mecánica, un mundo de telegrafía sin hilos, televisión, tráfico sin combustible, aceras móviles, carreteras de caucho, ventanas de vidrio flexible, metales inoxidables, ciudades sin polvo ni humo, y casas particulares aptas para el paraíso de un fontanero.