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V. El impulso evolutivo

Si está bien fundamentada la teoría que afirma que nuestros modos actuales de deporte son supervivencias degradadas de antiguas ocupaciones, la moda del siglo cuarenta tal vez sea el fascinante juego de la minería. Se jugará en minas de carbón construidas especialmente, repletas de ingeniosas trampas, callejones sin salida y obstáculos de agua. Los señores Pope y Bradley en aquellos días enviarán cartas circulares a sus clientes señalando que el traje de minería del año pasado está irremediablemente anticuado, o que ha llegado el momento de reponer el guardarropa aéreo para los próximos deportes polares. La guerra química, llevada a cabo con nuevas formas de gas de la risa, será una institución popular en las fiestas navideñas.

Diversas consideraciones se combinan, sin embargo, para sugerir que el deporte no es más que un fenómeno transitorio en la vida humana.

En primer lugar, la aplicación del método científico a su práctica tiende a eliminar su carácter distintivo. Y es probable que esta tendencia resulte irresistible por razones económicas.

El deportista a la antigua protestará contra los nuevos métodos. Se negará a llevar al campo de golf un anemómetro y una regla de cálculo; se negará a atender a las lecciones del estudio de movimientos, pero a consecuencia de su terquedad se encontrará en una situación de inferioridad demasiado ridícula como para presentarse en el campo. Su destino será el de los viejos militaristas que protestan por razones similares contra la guerra química.

Para aquellos que jueguen al nuevo juego, el deporte se convertirá en una disciplina rigurosa y en una búsqueda científica.

Además, el gran público disfrutará cada vez más de su deporte por delegación.

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