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III. Política e Industria

periódicos, las agencias de publicidad y los departamentos de propaganda poseen un cúmulo de conocimientos del que los políticos están comenzando a servirse sabiamente. Pronto tal vez presten atención a Mr. Bertrand Russell, quien en su profético volumen prevé el desarrollo de la psicología glandular. Sabemos que, mediante inyecciones adecuadas, el estado emocional de una persona puede cambiar, y Russell sugiere que una simple operación como la vacunación obligatoria convertirá al bolchevique más exaltado en alguien con el temperamento del vicario más apacible. Las glándulas de la docilidad estarán bajo control gubernamental.

La sugerencia me parece demasiado simple, y propia del tipo mecanicista de profecía. Su suprema simplicidad es, en este contexto, su supremo defecto. La única defensa contra la democracia es un modo complicado de gobierno. Si los métodos de gobierno son a prueba de tontos, entonces cualquiera puede ponerlos en práctica; y un repentino golpe de Estado, o la invasión de media docena de salvajes no inoculados, serían un desastre irrevocable.

Es, creo yo, principalmente mediante el desarrollo de la propaganda conducida científicamente como el mundo podrá ver algún día el abandono de la fuerza.

No estará implicado ningún cambio radical de mentalidad. Se tratará simplemente de que se habrá descubierto un arma más eficaz, un arma que es tanto preventiva como correctiva en su uso.

Se suele coincidir en que la mentalidad militar es conservadora hasta el borde de la pura estupidez, pero incluso la mentalidad militar está empezando a contagiarse de las nuevas ideas. Bajo la influencia del capitán Liddell Hart, el representante militar de la escuela profética que nos ocupa, sin duda llegará a reconocer «el objetivo moral de la guerra».⁠2

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