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II. Proféticas

automático. Mediante comunicación inalámbrica con París elegirá una prenda, que le será entregada por un chico de los recados aéreo en su ciclopiano. Después de almorzar, de nuevo por vía inalámbrica, se pondrá en contacto visual y auditivo con otros miembros de la sociedad a la que pertenece.

Probablemente será una sociedad para la resurrección de las costumbres del siglo veinte.

Pero, concediendo todo esto, surge la pregunta obvia. ¿Cuál será su efecto sobre la naturaleza humana? ¿Es concebible que el perfeccionamiento de la maquinaria pueda dejarla intacta, y no se volverá inevitablemente este genio inventivo hacia el hombre mismo?

Nuestro futuro hombre de negocios que, mediante modos mejorados de locomoción, pasa sus fines de semana en Tennessee, Kikuyu o Zanzíbar (según sus preferencias religiosas), ¿disfrutará únicamente de las ventajas de la invención mecánica?

Seguramente un Pelmanismo perfeccionado le permitirá aprender tres idiomas nativos durante el viaje de ida del viernes, y un proceso mejorado de represión le ayudará a olvidarlos durante el viaje de vuelta a casa el domingo por la noche.

Esto no es enteramente una especulación ociosa. Las aplicaciones de la ciencia al control de la mente humana ya han comenzado. Empezaron, tal vez, con los experimentos rudimentarios y torpes de la Organización Científica del Trabajo. Están tanteando el terreno hacia cimientos más sólidos en la psicología industrial —cuyo significado filosófico, hasta el presente, ha escapado a la atención que merece.

Considérese brevemente el curso de este movimiento hasta la fecha actual.

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